Caminos hacia la posmodernidad: Gran Bretaña

Uno de los parti pris del discurso histórico occidental informa de que la Ilustración generó una serie de condiciones de posibilidad que permitieron escapar del influjo de la tradición. En caso de ser cierto, ¿es posible que hubiese existido una Ilustración conservadora? En Inglaterra lo fue, y en tal antagonismo léxico encontramos su semasiología profunda. La Ilustración inglesa fue efectivamente “ilustrada” al realizar una crítica de la metafísica griega y de la escolástica. Empero, fue a su vez sumamente conservadora por el hecho de que esta crítica buscaba el reforzamiento de las élites civiles y eclesiásticas preexistentes. De este modo, las tentativas ilustradas no responden tanto a una emancipación de la tradición como a la prevención de la guerra. Por otro lado, sus tendencias elitistas responden a este intento preventivo. Su fín último, se mire desde cualquier perspectiva, responde a una de las llaves básicas de la Modernidad: el monopolio de la violencia para reducir la guerra (civil) a su mínima expresión, desplazándola a lugares foráneos.

El método de la Ilustración Conservadora vino de la mano de Locke y de su Ensayo sobre el entendimiento humano. Este método se encuentra precisamente en su último capítulo, lo cual viene a indicar que el método será el fin (inversión de fines y medios ya ocurrida en Alemania). El método se basa en la compartimentación sistemática y trina de las potencialidades facultativas de la mente humana: en primer lugar encontramos la Physica o la capacidad de contemplación mental de la cosa en si; en segundo, la Práctica, o la capacidad de introyección de la cosa; en tercer y último lugar, la doctrina de los signos o Semiótica, que será de hecho lo que nos comunique como vector directo a las entrañas de la propedeútica de esta Ilustración Conservadora: si un símbolo es una realidad que a su vez trae a colación otras, la simbología lockeana se entenderá como autolimitación. Pero esta autolimitación operaría de manera doble: por un lado, incrementando los poderes mentales; por otro, neutralizando cualquier intento de subversión del orden civil por parte de autoridades autónomas y externas al soberano. Desde Hobbes, las críticas a la metafísica, a la escolástica y al entusiasmo (“inspiración divina”) son de naturaleza puramente práctica. Las guerras en Inglaterra venían produciéndose por controversias sobre la autoridad soberana en materias espirituales. En este sentido, las formas de entusiasmo eran capaces de erigirse como conciencias, por así decir, alternativas a la autoridad civil y aludían a epistemologías de carácter espiritual abrazando la legitimidad sobre esta y atacando el poder plenamente establecido. Así, la crítica hobbesiana que pasa por la negación de que las esencias espirituales puedan ser transmigradas a esencias materiales y aprehendidas por la mente no tiene ningún sentido más que el de evitar la disputa, reforzando a su vez una cultura de autolimitación (pseudoautolimitación, ya que en este caso es únicamente la limitación del actor que ataca al soberano).

La última guerra civil inglesa había traído consigo una consecuencia clave: la instauración de un ejército profesional permanente. Esto, siguiendo a Fletcher y a Defoe, tuvo dos lecturas: si tal y como afirmaba Maquiavelo, el único hombre libre era el hombre armado, el monopolio de la violencia en manos de una entidad supraindividual provocaba una alienación, una ruptura de la simetría entre el ser individual y el ser social. El uso privado de la violencia hacía que el individuo estuviera plenamente comprometido con los valores de la sociedad y que desarrollara una conciencia de la responsabilidad cívica, esto es, de su virtud, o dicho de otro modo, de su labor como animal gregario y de su vida en comunidad, que era en último término lo que le constituía como hombre y lo que justifica, de hecho, su propia existencia. Sin embargo, la otra lectura afirmaba que este nuevo monopolio de la violencia era la consecuencia lógica de una nueva sociedad, donde la virtud (el civismo: darse a la sociedad por encima de la individualidad) había sido sustituida por el comercio, y donde el individuo había adquirido una nueva naturaleza multidimensional que favoreció la eliminación de la acción directa individual sobre la res pública y la aparición de nuevas formas de sociabilidad complejas traducidas en cortesía social, propias de una sociedad comercial y perspectivista: las manners. Estas manners resultan ser una resemantización de la virtud del individuo, que al ser despojado de su derecho a usar las armas había tenido que paliar su desligue de la cosa pública con la representación parlamentaria para “controlar” un Estado que monopolizaba la violencia profesional y permanente.

Del binomio propio de una socidad agraria como la inglesa, seguridad-libertad, basado en el uso privado de las armas y en evitar la guerra (civil) por encima de todo, se había pasado, por mediación de las manners, a la dicotomía opinión-libertad dentro de una sociedad poliédrica y compleja, tanto, que había sustituido la acción directa por la representación. Naturalmente, todo ello tendría una representación macro: las naciones de origen protestante aún recordaban las guerras mantenidas con la monarquía católica universal y con el Papado, y en su imaginación histórica la Europa perfecta era la Europa confederada entendida como una gigantesca sociedad de manners: contra el universalismo católico, cultura de autolimitación. El “cosmopolitismo” confederado tenía, en teoría, dos ventajas fundamentales: evitaba el despotismo mediante la distribución de poderes y evitaba la guerra dada la necesidad de mantener relaciones, relaciones que generaban, otra vez y por supuesto en teoría, trust. La virtud republicana romana concebida como una comunidad que integraba individuos singulares, esto es, la isonomía, permitía y legitimaba la conquista en base precisamente a la virtud colectiva, o dicho de otro modo, al imperio, sujeto ahora a la conquista comercial: república e imperio, para la Ilustración Conservadora, seguían siendo dos caras de una misma moneda. La violencia y la guerra, por otra parte, seguirían presentes, pero en otra ubicación.

 

Anuncios