Caminos hacia la posmodernidad: Alemania (I)

La sociedad moderna, madre del Estado moderno, está determinada en occidente por ciertas variables, una de las cuales es un grado muy elevado de organización monopolista. El poder central se reserva los medios militares y la facultad de recabar impuestos sobre la propiedad o sobre los ingresos de los individuos, que van nuevamente a concentrarse en el poder central. Estos instrumentos financieros hacen efectivo el monopolio de la violencia, y éste, recíprocamente, el monopolio fiscal. En torno a estos dos monopolios van surgiendo otros de menor importancia y sostenidos por los dos primeros. Si los monopolios principales desaparecen, desaparecen los secundarios y por tanto el Estado.

Las expansiones territoriales del Estado explican el posterior bosquejo del intento, fallido, de unidad europea. Los dos contendientes fundamentales que pugnaron por el monopolio europeo fueron Alemania y Francia: Inglaterra debía quedar fuera dada su condición insular y España a causa de un Imperio Transcontinental. El proceso consistente en caracterizar a Europa como como unos Estados Unidos con un poder central que domina es análogo al de la formación del Estado moderno en general, y al de la construcción de la nación alemana en particular. No obstante, el Estado moderno alemán se formó por reducción, al desmembrarse el Sacro Imperio Romano Germánico, notablemente más grande, donde las fuerzas locales y centrífugas lo habían descompuesto. El leit motiv epistémico alemán que dotaría de coherencia a su idea de nación sería, entre otros, el intento de alemanización de Europa. Para ello era necesario establecer una continuidad entre el I Reich y el II Reich, o dicho de otro modo, otorgar al segundo la apariencia de culminación o de cumplimiento del destino de las aspiraciones nacional-seculares del pueblo alemán, lo cual requería la fusión de la historia prusiana con la alemana. La historia del Sacro Imperio Romano Germánico era, en principio, dificilmente conciliable con algún molde nacionalista alemán decimonónico. El único medio viable de vinculación fue el de inventar un enemigo al cual oponerse para definir la identidad nacional, y a su vez y en paralelo, generar una idea de supremacia y conquista cultural, política y militar mediante la cual la nación alemana, dispersa en múltiples Estados (centro y este de Europa) pudiera encontrar legitimidad en el hecho de la unión (Gran Alemania), ya que la propia Prusia se había constituido históricamente a través de la expansión en regiones bálticas y eslavas ajenas al Sacro Imperio. Por otro lado, la unificación era la única experiencia común de definición nacional de los alemanes, y dentro de ésta, la guerra franco-prusiana jugó un papel crucial.

Esta es, grosso modo,  la construcción de la Alemania moderna. Pero un relato desde la literatura propiamente alemana nos parece altamente sugestivo para acabar de definir la Alemania de hoy, que pasa por tres planos inclinados, el luteranismo, la Aufklärung y el nazismo, hasta llegar por esta pendiente a la supuesta posmodernidad.

En Las Consideraciones de un apolítico, Thomas Mann describe un paisaje de Alemania, de una Alemania abismal, insondable, y cuyo destino es la contradicción irresoluble: Hay un país y un pueblo donde las cosas se dan de otra manera: un pueblo que no es, y presumiblemente nunca puede llegar a ser una nación en ese sentido categórico en el cual lo son los franceses o los ingleses, porque se oponen a ello la historia de su formación, su concepto de la humanidad; un país cuyas contradicciones espirituales no solo complican su unidad y su homogeneidad, sino que casi las suprimen; un país donde estas contradicciones se revelan como más violentas, profundas, malignas e insusceptibles de nivelación que en cualquier otra parte, y ello porque no se hallan ligadas casi, o a lo sumo muy ligeramente, por un lazo nacionalista, porque a grandes rasgos prácticamente no están reunidas tal como ocurre siempre en el caso de criterios mutuamente contradictorios de cualquier otro pueblo. Ese pais es Alemania. Las contradicciones espirituales internas de Alemania casi no son de carácter nacional, sino que son contradicciones casi puramente europeas, que se enfrentan casi sin un tinte nacional común, sin una síntesis nacional. En el alma de Alemania se dirimen las contradicciones espirituales de Europa, se llevan a término, en el doble sentido de llevar a término una lucha o un embarazo. Este es su verdadero destino nacional. Alemania ya no es el campo de batalla de Europa (últimamente ha sabido evitarlo) desde el punto de vista físico, pero sigue siéndolo en el aspecto espiritual. Y cuando digo el alma alemana no solo me refiero, en general, al alma de la nación, sino que aludo muy en particular al alma, a la mente, al corazón del individuo alemán; hasta me refiero a mi mismo. Constituir el campo de batalla espiritual para las contradicciones europeas, eso es alemán (…) El concepto de alemán es un abismo, no tiene fondo, y es menester proceder con la más extremada cautela en su negación, en la definición de antialemán, para que no redunde en nuestro propio perjuicio.

 

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