Cría cuervos

 

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Ficha técnica de Cría cuervos

No entiendo cómo hay personas que dicen que la infancia es la época más feliz de su vida. En todo caso para mí no lo fue y quizá por eso no creo en el paraíso infantil, ni en la inocencia, ni en la bondad natural de los niños. Yo recuerdo mi infancia como un periodo largo, interminable, triste, donde el miedo lo llenaba todo, miedo a lo desconocido. Hay cosas que no puedo olvidar. Parece mentira que haya recuerdos que tengan tanta tanta fuerza… Tanta fuerza.

Ana recuerda como recordamos todos: desordenadamente, mezclando lo que pasó después con lo que pasó antes, volviendo recurrentemente a imágenes obsesivas y dándole a las ensoñaciones de la infancia el mismo peso que merece cualquier otra vivencia. Hay imágenes que permanecen en nosotros con misteriosa persistencia. Algunas veces [ella ha] llegado a pensar que esas imágenes son precisamente nuestra personalidad. Ana recuerda la muerte de su padre y luego recuerda a su padre vivo, pero no recuerda ninguna conversación con él. Recuerda a su madre, viva, en pijama, en ocasiones tocando el piano; recuerda su enfermedad pero no su muerte. En la nevera de su casa siempre hay un plato con patas de pollo y lechuga para Roni, su cobaya, cuya muerte sí recuerda. Ana friega varias veces el mismo vaso sucio de leche y de ese veneno tan letal que es el bicarbonato, entremezclándolo siempre entre los demás para que no se sepa cuál es el que ha utilizado.

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Ana sobre todo recuerda con “tanta fuerza” los momentos que presenció y que no entendía. Ella no comprende que con una cucharadita de bicarbonato no se puede matar a un elefante, no entiende qué hacía Amelia con su padre en la cama, no sabe de qué le habla Rosa cuando le cuenta que nosequién se quedó embarazada de un ratón.

Había un montón de cosas que no aceptaba a comprender y me desazonaba la sensación de ser víctima de un juego en el cual yo no podía participar porque no conocía las reglas… Adivinaba cierta malicia en los gestos, en las conversaciones, pero no conseguía entender las cosas…

A Ana se le está revelando el mundo de los mayores. Debido a su insomnio, es espectadora de muchas escenas protagonizadas por los adultos, o más correcto sería decir las adultas, que la rodean. No entiende lo que ve pero esos recuerdos se quedan en su cabeza guardados, hasta que el paso del tiempo consigue explicarlos, o hacerlos todavía más confusos.

¿Por qué quería matar a mi padre? Es esa una pregunta que me he hecho cientos de veces. Las respuestas que se me ocurren ahora, ahora, con la perspectiva que dan los veinte años que han pasado desde entonces, son demasiado fáciles y no me satisfacen… Lo único que sí recuerdo perfectamente es que entonces me parecía el culpable de toda la tristeza que había embargado a mi madre en los últimos años de su vida. Yo estaba convencida de que él, y sólo él, había provocado su enfermedad y su muerte.

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Ana juega con su hermana mayor y con su hermana pequeña. Hacen obras de teatro fingiendo que son mayores, soltando expresiones grandilocuentes Me estás amargando la existencia. ¡Qué habré hecho yo, Dios mío, para merecer esta suerte! que apenas entienden; uno de los días que Ana recuerda como más agradables de su infancia, juegan a un escondite en el que se puede “matar” y en el cuarto de juegos bailan Por qué te vas por aburrimiento y aburridas.

Siempre suenan las tres mismas canciones: Por qué te vas para los momentos que podrían considerarse propiamente infantiles, Ay, Mari Cruz, Mari Cruz para los momentos que pasa con su abuela (también espectadora de ese mundo que ella ya ha abandonado y al que Ana todavía no ha llegado) y la melodía que toca su madre al piano, una música sentimental y melancólica, acorde a la imagen que Ana conserva de su madre y que invoca una y otra vez, despierta o en sueños. Y es en su madre —esa persona que por miedo renunció a ser pianista y escogió dedicarse a la casa y la familia, la que le revela a la niña que todo es mentira, quien le enseña lo que es morirse en la mujer en la que Ana se convierte.

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Ana imagina que sobrevuela su burgués barrio madrileño, regaña a su muñeca como si fuera ella misma pero no aguanta que la regañe su tía, no se queja, solo se sonríe, llora poco y, como si estuviese sola, no busca más cariño que el de su madre. Porque, aunque a veces parezca que se le olvida que ella ha muerto, lo sabe. Y muy bien.

 

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Pina: Bailando al borde del Abismo

Lo bello es el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar

Rainer Maria RILKE

No, there was no hurricane that swept across the stage,
there were just … people performing
who moved differently then I knew
and who moved me as I had never been moved before.
After only a few moments I had a lump in my throat,
and after a few minutes of unbelieving amazement
I simply let go of my feelings
and cried unrestrainedly.
This had never happened to me before…
maybe in life, sometimes in the cinema,
but not when watching a rehearsed production,
let alone choreography.
This was not theatre, nor pantomime,
nor ballet and not at all opera.
Pina is, as you know,
the creator of a new art.

Wim WENDERS

Portada Pina

A principios del siglo XX, en un mundo sin Dios (Nietszche ya se había encargado de aniquilarlo años antes) el arte expresionista surgió como respuesta a una nueva necesidad que se centraba en el individuo que, desamparado, se sabía en un mundo que no terminaba de crearle un sitio. La danza no se mantuvo al margen de estas corrientes y de estas necesidades por lo que superó las exigencias métricas, espaciales y musicales tradicionales, sobre todo a raíz del trabajo del húngaro  Rudolf von Laban (1879-1958).

Se trata de una cuestión de lenguajes: el lenguaje heredado de los padres, de la industrialización y del progreso había demostrado no ser capaz de dar cabida a ciertos aspectos del ser humano que de repente se hacían patentes en todos los niveles de la realidad.

En este caldo de cultivo nace Phillippina Bausch (1940), Pina, que da nombre a la película de Win Wenders que ha motivado estas líneas y de la que os dejo el tráiler. Pina y su primer maestro, Kurt Joos, suponen una continuidad de este modo de pensar y de crear dentro de la danza de la segunda mitad del siglo XX. A través de la obra de Pina tenemos acceso a un lenguaje del cuerpo que da respuesta a la necesidad del artista de mostrar una realidad humana plural, letal y a la vez tremendamente bella.

El proceso creativo cambia. Ya no nos encontramos ante un espectáculo que surge “de un principio hacia un final, sino del interior hacia el exterior”*. Pina planteaba preguntas a sus bailarines y a partir de sus respuestas construye una coreografía. La película de Win Wenders muestra a los bailarines no sólo ejecutando dichas coreografías sino también hablando sobre el silencio de Bausch y sobre su inmensa capacidad de escucha. Nadie podía sino ella haber aglutinado tantas experiencias y respuestas tan íntimas y variadas como lo hizo.

Aunque la danza era su principal elemento de expresión no se limita a esto. Creo que cualquier intento de etiquetar su trabajo es fallido porque en su búsqueda de una expresión auténtica supera las categorías artísticas para crear un todo que alcanza al espectador directamente, sin mediación de ningún tipo.

El cuerpo del bailarín se convierte en una brocha que dibuja un escenario ilimitado, multidimensional y sorprendente. Pinceladas fluidas a veces, otras contritas o espasmódicas desafiando el cómo ha sido entendido el mundo y su estética. Este cuerpo se muestra sin represiones, muestra su fragilidad de forma siniestra (Unheimlich en el sentido kantiano), y sólo a través de ella accede a la grandeza y la belleza de lo humano.

En el proceso de despojarse de sus vestiduras y de sus parapetos, de su carga cultural, de sus construcciones mentales y sus ideas preconcebidas se accede a un lenguaje emocional, profundamente visceral e incapaz de dejarte indiferente.

Así es como se ve a Pina y a su obra: una mujer nervuda que baila al borde de un abismo. Siempre diminuta y frágil, a punto de quebrarse, a punto de caer pero nunca cayendo. Jugando con el vértigo del hombre, con su terrible tendencia a dejarse llevar por su propia miseria. Sólo después de aceptar esta realidad  puede hacer algo hermoso, cautivador, como también es el hombre sin necesidad de crear una contradicción.

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*Ortiz de Gondra, B. (1991). Pina Bausch. B, ADE teatro: Revista de la Asociación de Directores de Escena de España, Nº 21,  1991, pg. 29.

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Son varias las posibles razones que alientan la publicación de una crítica cinematográfica. Entre ellas puede estar, por ejemplo, la de dar salida a un ingenioso juego de palabras, o bien la de denunciar la repetición ad nauseam de los estereotipos del heteropatriarcado. Como en Tiempostmodernos ambas necesidades nos parecen tener el mismo peso, hemos decidido hacer pública la opinión que a varias de las tiempostmodernas nos mereció la película Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013), que, a diferencia de lo que probablemente su director habría querido, no nos hizo desarrollar ningún tipo de síndrome de Estocolmo durante la hora y media que permanecimos secuestradas en la oscuridad de la Sala Berlanga.

Sabíamos sobre Stockholm que era una obra low cost —y para continuar con los anglicismos: financiada por crowdfunding— de un joven director, nominado a los últimos premios Goya por mejor dirección novel, lo que en un principio consideramos alicientes para ir a ver la película. Sabíamos también que sus dos protagonistas, Aura Garrido y Javier Pereira, habían sido nominados a los mejores actores revelación y que él había incluso ganado el Goya. Y sabíamos que plasmaba una historia romántica “hiperrealista” vista bajo el prisma de nuestra idiosincrasia generacional: veinte o treinta-y-poco-añeros de la noche madrileña, supuestamente ansiosos por encontrar en cada novela, película o serie un reflejo de lo que nos define como nueva “generación perdida”.

Desconocíamos, sin embargo, que lo único que nos gustaría de la película sería la azotea con vistas a los tejados del centro de Madrid —aunque en ella sucedan cosas más siniestras que esos frívolos guateques con el Coliseo de fondo que Sorrentino nos brindaba en La gran belleza—, el atuendo de la protagonista, la luminosa casa de paredes blancas a la que a todos nos gustaría regresar a tomar el último gin tonic de la noche y el café de primera hora de la mañana. Desconocíamos que esos 90 minutos de metraje iban a servir para perpetuar, como si acaso la tradición no pesara suficiente, los clichés de las relaciones ella-él, las polaridades, el tópico de “los hombres son de Marte, las mujeres de Venus” que viene a traducirse en “todos son unos cabrones, todas unas histéricas”.

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Puede parecer que los protagonistas son personajes redondos que, tras el largo fundido en negro como elipsis del acto sexual, invierten sus funciones acerca de quién es el dominante y quién el dominado. Sin embargo, los personajes siguen siendo igualmente estereotípicos y se comportan consecuentemente a su rol atribuido “en virtud” de su sexo, insistimos: él es el fucker que luego, después de follar, se porta como un cabrón; ella es la estrecha que luego, después de follar, se porta como una histérica. Añadiéndole el hecho de que ella— no iba a ser él, ¿no?—es una persona que tiene falta de afectividad y por eso actúa de un modo enfermizo, acentuando los estereotipos de persona que tiene un trastorno del estado de ánimo. No sabemos hasta qué punto esta sería la intención del director, mantengamos el beneficio de la duda pese a todo, pero cuesta no pensar que en la película no haya una moraleja que haga ver lo desaconsejable de los amores de barra. Vete tú a saber con quién te puedes encontrar, las cosas no son lo que parecen, ¡Johnny, la gente está muy loca!

Estamos convencidas de haber visto películas con errores de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, pero bien por no ser estos tan evidentes o bien porque la historia y la maestría de los actores los disimulan, no solemos detectarlos. El poco interés que sentimos por Stockholm casi desde el comienzo de la película hizo que rápido se rompiera el pacto de ficción y viéramos la película no como una historia “real”, sino como un objeto construido artificialmente por piezas que chirrían. Véase a ella saliendo de la casa de él sin coger el abrigo y teniéndolo consigo en la siguiente escena, y véase también a él bajando por un café desde la azotea a su piso, para subir minutos más tarde sin él. Estas pequeñas piezas que chirrían son la gota que stockohlma el vaso de una suerte de ritmo narrativo lento hasta la exasperación; ese truncado conocerse entre los dos jóvenes que no terminaba de suceder, en el cual a una le daban ganas de levantarse frenéticamente de la butaca para gritar: “¡Coño, enrollaos ya!”. La historia de un joven aguerrido y descarado que para conquistar al polvete de la noche se lanza a perseguir a esa muchacha misteriosa y esquiva por varias calles del centro de Madrid (el paseo que se da la chavala es considerable y, qué raro, no se encuentra con un sólo transeúnte en una presumible saturday night) parece que llega a su punto más álgido cuando él consigue que la muchacha entre en su casa (¡Bieeeeen!) y decide libremente tomarse esa copichuela (ojo, aquí aparece la dimensión sutilísima del alcohol como posible desinhibidor sexual, no se nos pasa por alto, no, que la chica se lo piensa, a ver si a estas alturas del partido vamos a hacer algo de lo que mañana podamos arrepentirnos por ir más pedo que Alfredo, ¿eh?). Sorogoyen, que ya vamos teniendo una edad.

Por supuesto, habrá a quien le haya encantado la película. El espectador que se sentó detrás de nosotras se quejó de que nos hubiéramos reído en un drama. Señores, riámonos de lo que nos dé la gana. La risa es una emoción más, bienvenida sea. Bien contento tendría que estar Sorogoyen (que no merece un Sologoya) de que, al menos, su creación no deje a uno impertérrito o, lo que es peor, suscite esa reacción de levantarse a los 10 minutos de la película y marcharse, como hizo una inteligente espectadora dos butacas más allá.  Nosotras vemos drama en La lista de Schindler, no en Stockholm. Es difícil sentir como un drama las desgracias ajenas cuando los personajes no suscitan la más mínima empatía. Es más, los diálogos de la secuencia en la que los personajes están llevando a cabo la labor de “pelar la pava” dan vergüenza ajena. Pero realmente el problema que hemos tenido con Stockholm va más allá de una cuestión de gustos. Las mismas que ahora escribimos fuimos juntas a ver La espuma de los días (Michael Gondry, 2013) y no nos gustó. El problema de la ópera prima de Sorogoyen no es que no nos haya gustado, cosa fácilmente asumible, sino que nos ha enfadado muchísimo, que hemos salido del cine preguntándonos qué hemos hecho nosotras para merecer Stockholm.

Ir al cine, esa expresión (Vol. II)

 Viene de Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

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La primera película que yo vi en el cine fue El jorobado de Notre Dame. ¿Recordáis cuál fue la vuestra? Habrá quien no recuerde este momento porque el cine, ese lugar, haya estado siempre integrado en su vida. Pero ¿habéis contemplado alguna vez a alguien mientras ve una película en el cine por primera vez? José Val del Omar participó en las Misiones Pedagógicas que, entre otras muchas actividades educativas en el ámbito rural, se encargaban de proyectar películas. A este “cinemista” le maravilló tanto la reacción del público, campesinos de diferentes edades prácticamente analfabetos, que se dedicó a grabar al público durante estas sesiones de cine.

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Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, España, 1973)

Siguiendo con estas primeras experiencias, Primo Levi nos cuenta el revuelo que provocaron las tres proyecciones realizadas por un cinematógrafo entre los soldados rusos en un campo de refugiados judíos:

Esta peripecia, típicamente individualista, elemental, y no mal contada, desencadenó en los rusos un entusiasmo sísmico. Una hora antes del comienzo, ya una multitud tumultuosa (atraída por el cartel, que representaba a la muchacha polinesia, espléndida y muy poco vestida) se apretaba contra las puertas; casi todos eran soldados muy jóvenes armados. Estaba claro que en el gran “Salón Colgante” no cabían todos, ni siquiera de pie; precisamente por ello luchaban encarnecidamente, a codazos, para conquistar la entrada. […]
Era como si los personajes de la película, en lugar de sombras, fuesen amigos o enemigos de carne y hueso.

La tregua, Primo Levi
(Quinteto, Barcelona, 2006)

Desde hace ya tiempo, no tiene nada de raro que una película esté rodada en una ciudad que conocemos o en la que incluso residimos, pero todavía se mantiene en el imaginario del cine una de sus funciones primigenias: acercar al “ciudadano corriente” lugares exóticos y lejanos a los que nunca viajaría. En el Doré los cuadros que acompañan la pantalla nos muestran una gran ciudad con rascacielos y otra de estilo oriental de un modo más arquetípico que realista. El cine consigue que ver El doctor Zhivago (David Lean, Estados Unidos, 1965) nos deje la sensación de haber viajado por Rusia, a pesar de que la película se rodara en España.

Otra de las funciones primigenias que cumplía el cine era la de ser ese lugar al que ir a meterse mano cuando todavía ni siquiera se podía ir a ver cómo actores hollywoodienses se daban el lote. Un dicho popular en el Madrid de comienzos del siglo XX era:

Cine Doré, entran dos y salen tres.

Y otro dicho popularizado por mi abuela es:

Fui al cine a ver Romeo y Julieta, y vi la mano que aprieta.

Esto no quita que haya y siga habiendo gente que va al cine sola, cosa que muchos interpretan como propia de personas con carencias afectivas y desórdenes emocionales en la antesala del suicidio. Bien, en ocasiones este diagnóstico puede ser certero. Hay personas —y personajes— que buscan esto, dejándose caer en cines acordes a su estado de ánimo:

Un piano tocaba una pieza monótona, con reminiscencias de Mendelsson. Craven ocupó su localidad, junto al pasillo, y al hacerlo percibió inmediatamente la soledad que le rodeaba. En la pantalla, una opulenta mujer vistiendo túnica, se retorcía las manos y se acercaba a un sofá con curiosos y bruscos movimientos. Se sentó en aquel y se quedó mirando al vacío, con expresión desesperada, a través de la maraña de su pelo negro y despeinado. […]
Craven empezó a mirar. Hileras de butacas vacías se extendían a ambos lados. No habría en el local ni veinte personas: unas cuantas parejas que musitaban algo, con las cabezas juntas y unos hombres solitarios como él, llevando el mismo impermeable barato.

Cuentos completos, Graham Greene
(Edhasa, Barcelona, 2011)

Pero, en la mayoría de los casos, son solo gente como usted y como yo —o eso oso a creer—, que consideran que el cine se disfruta más en soledad:

Cuando salí a la brillante luz del sol desde la oscuridad del cine tenía sólo dos cosas en la cabeza: Paul Newman y volver a casa. […] Me quedaba un buen trecho hasta casa e iba sin compañía, pero por lo general, suelo hacerlo solo, no por nada, sino porque las películas me gusta verlas sin que me molesten, para poder meterme en ellas y vivirlas con los actores. Cuando voy con alguien al cine me resulta un tanto incómodo, igual que cuando alguien lee un libro por encima de tu hombro. En eso soy diferente. […] Por un tiempo pensé que era la única persona del mundo que disfrutaba así. Así que me iba solo.

Rebeldes, Susan E. Hilton.
(Alfaguara,  Barcelona, 2002)

El cine, además, ha motivado auténticas peregrinaciones, pero aquí es obligatorio hacer un matiz: no todos los géneros cinematográficos ostentan tal meritorio título, solo el género erótico o, en su defecto, el pornográfico. En la década de los 60 y principios de los 70 Perpignan fue la Meca o plaza del Obradoiro de las películas subiditas de tono, cuando en España el único cine visible —que no el único producido— era el que le gustaba a José Manuel Parada.

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Maria Schneider y Marlon Brando en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, Italia, 1972)

Ir al cine da mucho juego porque nunca sabes con quién vas a compartir sala. La cosa va más allá de si alguien ronca o tose en los momentos clave. Yo he vivido ataques de risa colectivos —viendo Tiempos Modernos, precisamente la noche en la que se empezó a gestar este blog —, he visto a un hombre desmayarse ante la indiferencia de su mujer —y eso no formaba parte de la película por mucho que esta se titulara Mientras duermes—, una taquillera me ha invitado por no llevar dinero en metálico… Pero no todo en esta vida es alegría, ya nos gustaría. También ha habido escritores que han muerto de un infarto mientras veían proyectada la adaptación cinematográfica de su novela.

Boris Vian

Boris Vian, por cortesía de Memes literarios

Con todo y con eso, “ir al cine” es una de las expresiones con más encanto del castellano, solo superada, quizá, por “salir a bailar”. Que no caiga en desuso.

Y si no os gusta lo que os he contado, escuchad a Mecano.

 

Guadalquivir

Vulpes vulpes

 

Oh Guadalquivir!
te vi en Cazorla nacer;
hoy, en Sanlúcar morir.
Un borbollón de agua clara,
debajo de un pino verde,
eras tú, ¡qué bien sonabas!
Como yo, cerca del mar,
río de barro salobre,
¿sueñas con tu manantial?
Antonio Machado

A unas horas de la 28º edición de los Premios Goya, la gran cita del cine español, os presento a una candidata a la categoría de Mejor película documental: Guadalquivir, el primer largometraje de nuestra naturaleza estrenado en cines. Lo dirige Joaquín Gutiérrez Acha, heredero del legado de Félix Rodríguez de la Fuente, presentándonos el cauce del río como nexo de unión de tres de los más importantes espacios naturales de España, mostrando con detalle la flora y la fauna que encontramos en esos impresionantes parajes.

El viaje empieza en La Cañada de las Fuentes, donde tiene lugar el nacimiento del río gracias a los retazos de agua, manantiales y arroyos que vienen de las Sierras de Cazorla y Segura. El Río Grande crece viajando por las vaguadas de Sierra Morena hasta llegar a Doñana, considerada la mayor reserva ecológica de Europa, donde el río se va introduciendo en el laberinto de marismas y es retenido por las dunas antes de desembocar en el mar en Sanlúcar de Barrameda.

Las excepcionales imágenes que se suceden son narradas por la sugerente voz de Estrella Morente, que canta el tema principal de una maravillosa banda sonora, compuesta por Pablo Martín Caminero. La lírica y la música acompañan a los diferentes sonidos de la naturaleza, lo que hace que el documental sea una experiencia sensorial única.

Pero conseguir eso no ha sido tarea fácil. El rodaje ha llevado más de 24 meses y para él, se han utilizado diversas técnicas de lo más novedosas. El equipo, formado por cinco personas, ha utilizado el time-lapse, que acelera el movimiento, la filmación de alta velocidad en formato 4K que permite captar 1000 fotogramas por segundo; además de la utilización del sofisticado Cineflex, que consiste en acoplar una cámara en un helicóptero y tomar imágenes desde el cielo. Para ello, es necesario recurrir al método “hyde”, que consiste en mimetizar las cámaras con el entorno y así conseguir captar a los animales en su intimidad. En palabras de Gutiérrez Acha:

Son muchas las secuencias cuyo rodaje entraña dificultad. Cada especie ha de tratarse de una manera diferente. Debemos acostumbrarlos a comer en lugares determinados antes de que lleguen las cámaras, habituarlos a la presencia de escondites camuflados desde donde se van a filmar o esperar ese golpe de suerte que te brinda, en ocasiones, la naturaleza y que te permite conseguir un documento de valor incalculable

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A diferencia de otros documentales, esta película presenta un hilo conductor, el zorro, que nos acompaña en el viaje a través de la ribera del río desde Sierra Morena a Doñana. En los albores del Gran Río encontramos numerosas especies de aves como cigüeña negra, águila calzada, abejarucos, flamencos, garzas reales, espátulas, búho real y la gran joya de la corona, el águila imperial ibérica.  Además del zorro, vemos otros mamíferos como el ciervo, con espectaculares imágenes de la berrea, la cabra montés o el hispano lince ibérico, pero no dejamos olvidados peces, anfibios y reptiles con presencia de anguilas, ranas y camaleones. Toda esta fauna se ve enmarcada en diferentes ecosistemas de la península como son bosques de pinos, dehesas repletas de bellotas y la vegetación propia de las marismas de Doñana. Si queréis ampliar la información o hacer un recorrido interactivo por la ribera de este río, os recomiendo que pinchéis en la imagen e iréis directos a una experiencia inmersiva elaborada por el Laboratorio de RTVE.

Lamentablemente, ya no podemos ver Guadalquivir en las salas de cine. Pero si os ha picado la curiosidad aún tenéis una última oportunidad esta misma tarde a las 20.30 en la sala Azcona de la Cineteca por 3.5 €, aunque deberéis salir corriendo de la sala si no os queréis perder la gala de los Goya. Si está opción no os convence pronto estará en la plataforma Yomvi de Canal + y esperamos que no tarde mucho en salir en DVD para poder disfrutarla en nuestras salas de cine particulares. Y es necesario verla, porque a pesar de haber escrito todas estas líneas, la mejor forma de mostrar esta película es a través de sus imágenes. Por ello, os dejo con el tráiler deseando que los académicos de cine apuesten también por nuestro patrimonio natural.

Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

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“… y yo no puedo querer de veras a nadie que en algún momento del día o de la noche no se enloquezca de alegría porque en el cine de la esquina dan una de Buster Keaton, algo así.”

El libro de Manuel, Julio Cortázar
(Alfaguara, 1998)

Cada vez hay más tiendas de ropa y menos cines y teatros. Como todos hemos oído, o incluso dicho, la gente va poco al cine porque es caro. Sin embargo, que haya alternativas que todos conocemos, y de las que muy pocos están libres de pecado, demuestra que no se han dejado de ver películas. Si se tiene en cuenta que a una entrada de cine se le aplica el 21% de IVA, hay un primer obstáculo para que el cine sea asequible. Sin embargo, muchas cines de estreno están lanzando varias ofertas especiales para abaratar el precio de la entrada. Además, en Madrid hay varias salas en las que se pueden ver películas por poco dinero o incluso gratis (Cine Doré, Sala Berlanga, Academia del Cine, etc.). Ir al cine nunca tiene que ser un lujo.

Dejando a un lado los siempre turbios datos económicos, hay más razones por las que ir al cine. Ver una película en una sala de cine es verla en un lugar que ha sido creado especial y exclusivamente para ese fin. Cierto es que a raíz de la difusión de la televisión, hay muchas películas que, al margen de que esto coincida con la intención del director o no, podemos verlas en pantalla pequeña y no perdernos nada. Esto no quita que las películas, por norma general, estén pensadas para verse en una pantalla de cine. ¿En dónde nos van a impresionar más ciertas escenas, como pueden ser las panorámicas en plano secuencia de Paisaje en la niebla (Theo Angelopoulos, Grecia, 1988), los primeros minutos de Persona (Ingmar Bergman, Suecia, 1966) o la escena del bautizo de El padrino (Francis Ford Coppola, Estados Unidos, 1972), que en una pantalla gigante situada en un espacio asimismo grande? Hay que dar gracias a George Méliès porque existan cines donde echen películas que tienen ya unos añitos, y no solo porque sean los más baratos.

Pero ir al cine no es sólo una cuestión de espacio, también lo es de tiempo. Ir al cine es aceptar voluntariamente un secuestro, es estar encerrado unas pocas horas sin poder hacer otra cosa más que ver la película. Mientras estamos en el cine, se suspende el tiempo cronológico, de reloj y calendario, y rige el tiempo que marcan el propio tiempo y el ritmo de la película. En el cine no existe la opción de darle al pause si entra hambre o si se tienen ganas de hacer pis.

Ir al cine es, en palabras de Fernando Fernán Gómez:

Cuando amábamos el cine, cuando no simplemente “nos gustaba”, sino que estábamos enamorados de él, el cine no se limitaba a la película, como hoy podemos verla en el televisor, sino que empezaba en la mañana del domingo, al recorrer en pandilla los cuatro o cinco cines del barrio para elegir la película. Luego, después de comer, se iba en grupo desde la calle hasta el cine […]. Y luego, sí, la película con las aburridas escenas de amor, las trepidantes persecuciones, la llegada de los buenos coreada con gritos y aplausos; y la vuelta a casa, ya entre dos luces, explicando los más listos a los más torpes lo que éstos no habían entendido de la intriga. […] Los chicos del barrio sabíamos que aquellos sueños de papel de plata que desfilaban por la pantalla se convertirían en realidad para nosotros el día de mañana, que aquella era la vida que nos aguardaba.
Más adelante, el cine, los locales de cine, fueron nuestro jardín de Verona. En su oscuridad fuimos Romeos y Julietas en los tiempos nefastos en que el amor, como casi todo, estaba perseguido.

“Amor al cine”, Desde la última fila.
(Espasa-Calpe, 1995)

Me despido haciendo un Lars von Trier: el artículo sería una “versión (demasiado) extendida” como para publicarlo de una vez, así que, próximamente en Tiempostmodernos podréis leer Ir al cine, esa expresión (Vol. II).