Caminos hacia la posmodernidad: Alemania (III)

En Alemania existían precedentes faústicos de lo más llamativos. El texto precursor es un anónimo del S. XVI titulado Historia del Doctor Johann Faust. El objetivo de este Fausto de 1587 era la posesión de una herramienta que le permitiera conocer lo incognoscible, lo arcano. En el capítulo sexto el protagonista dice: tras haberme propuesto especular sobre los elementos, y no hallando en mi mente capacidad para hacerlo a partir de las facultades que graciosamente me han sido otorgadas desde lo alto, ni pudiendo aprenderlo tampoco de los hombres, me he sometido al Espíritu enviado hasta mí (…) reniego por la presente de todos los seres vivos, de toda la cohorte celestial y de todos los hombres, así sea. Ciertamente, estamos ante un libro totalmente luterano en el sentido del rechazo a la búsqueda espuria e ilegítima de la Gracia. Si la esencia del Fausto es la solicitud de una humanidad que quiere conocer y pide ayuda a alguien impropio, el luteranismo advierte que el rechazo de esta necesaria soledad ocasiona mayor soledad aún. Si la Modernidad se ha desasido de la religión, el hombre, ahora solo, no puede acceder al conocimiento de lo esotérico, y al renegar de la religión, que es su tradición, se encamina hacia al diablo. Tras este primer pacto nos topamos con el Fausto de Goethe, cuyo motivo es la emancipación del libro y la vivificación del alma, atada demasiado fuerte al intelecto. Para ello el movimiento es la actitud fundamental, que a su vez, es un salir al mundo después de la soledad, que trae la salvación debido a un poder más fuerte que el del diablo:

a quien siempre se esfuerza con trabajo,

podemos rescatar y redimir.

Recalando circunvaladamente y de nuevo en Thomas Mann, él asciende, de espaldas a Goethe, al Fausto del S. XVI. El objetivo del nuevo Adrián no es ya superar la indigencia mental sino emanciparse de toda una época marcada por el nihilismo, ya que bajo su consideración, el pacto con el diablo es lo único que puede dar vitalidad a las convenciones artísticas del pasado, las cuales han roto con el arte, al quedar la obra personal y la Verdad Suprapersonal desconectadas. En el caso del Adrián de Mann, la razón de su pacto no es ya la curiositas del S. XVI, ni la inquietud y actividad de Goethe, sino el control de la cultura de su época, que es la época de la cultura (crítica), donde lo constructivo/creativo es lo que equilibra lo destructivo, lo esencial de su era, que pretende hacer de si misma un culto matando el culto antiguo pero que no deja de ser más que un despojo ritual del cual se nutre carroñerramente una sociedad hiperdefinida, que pide a gritos excesos y paradojas. En este sentido, se da para Mann una escisión, una ruptura, también alemana, entre Verdad y Belleza, paradigma de la Die Deutsche Katastrophe nazi, adornada y ornamentada de monumetalidad y grandilocuencia.

Entre Los Buddenbrook y Doktor Faustus siguen cuarenta años que son llenados por La Montaña Mágica y José y sus hermanos. Una de las frases más sintomáticas de Hans Castorp en La Montaña Mágica es: El hombre no debe dejar que la Muerte reine sobre sus pensamientos en nombre de la bondad y el amor. Es el hombre el que debe hacerse dueño de las contradicciones, y no al revés, proponiendo Mann una mediación de la cultura y una cultura de la mediación, ya que la cultura, en general, es el símbolo que permite el tránsito y la incorporación de lo oscuro demoniaco como benéfico en el culto de lo divino. En esta perspectiva mediadora es donde hay que situar José y sus hermanos, cuyo objetivo es limitar la epistemología anti-mítica intelectualista y la epistemología intelectual anti-mítica. La psicología sería el antídoto para arrebatar el mito al totalitarismo y a cualquier clase de fascismo, y la misma labor supondría el misterio para los racionalistas extremos.

Como colofón, cabe citar un pasaje, dicho por José en su entrevista con el Faraón Amenhotep IV: En mi adolescencia tuve sueños y mis hermanos, hostiles, buscaron el mal para el Soñador. Ahora que soy hombre, ha llegado el tiempo de la interpretación (…) El dominio de sí que se conserva al interpretar se debe al hecho de que lo arquetípico y lo inmemorial se cumplen por medio del YO, de un ser único, particular, y al cual, a mi entender, se ha impartido el sello de la razón celeste. La tradición del modelo preestablecido sale de las profundidades intramundanas y nos constriñe; pero el Yo pertenece al espíritu, que es libre. Y la vida civilizada consiste en esto: el arquetipo acuñado por las profundidades nos subyuga; pero se implica en la divina libertad del Yo. Y no hay humana civilización sin lo uno y lo otro.

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De don a talento

Un talento, según la RAE, es “una persona inteligente o apta para determinada ocupación”. En realidad, el talento no es algo tan simple. Algunos autores lo definen como un atributo extremadamente complejo, genéticamente determinado y sujeto a las condiciones del medio ambiente. Pero, ¿está el talento realmente en los genes o está condicionado por el medio? En esta entrada intentaré desvelar el misterio del complejo mundo del talento.

Gagné, psicólogo especializado en la alta capacidad, dice que el talento es un recurso raro, en el sentido de que está presente en unos pocos individuos, y que no debe ser pasado por alto, ya que mantiene y hace que avance la sociedad. Aquellas personas con talento marcan la diferencia en diversos campos: el académico, el del lenguaje, las ciencias, las artes, los deportes, la tecnología o los negocios. Cabe destacar que el concepto de talento no debe ser asociado con el elitismo, ya que se puede desarrollar en casi cualquier área de la actividad humana, incluso en algunas ilegales, como puede ser el caso de los piratas informáticos.

El talento, en cierta medida, se puede comparar a lo conocido como “duende” cuando hablamos de flamenco, ya sea cante, toque o danza. Lorca, en su Teoría y juego del duende, convierte el talento en duende y nos pone algunos ejemplos:

Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles negros de betún; o que desnuda a Mosén Cinto Verdaguer con el frío de los Pirineos, o lleva a Jorge Manrique a esperar a la muerte en el páramo de Ocaña, o viste con un traje verde de saltimbanqui el cuerpo delicado de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto al conde Lautréamont en la madrugada del boulevard.

Para Lorca el duende o talento no era algo que se pudiera enseñar o adquirir con el tiempo, sino que es algo innato, que se encuentra en las entrañas de los artistas. Pues bien, veremos que no estaba del todo en lo cierto. El duende se traduce en don, que puede ser desarrollado en un talento. Para entenderlo mejor, veamos estas definiciones de Gagné:

Dotación: Posesión y uso de capacidades naturales destacadas, llamadas aptitudes, en al menos un área. Se refiere a una superioridad intelectual y otros aspectos de la personalidad, combinados en una magnitud suficiente como para diferenciar a los sujetos de la mayoría de sus iguales.

Talento: Dominio destacado de capacidades sistemáticamente desarrolladas, llamadas competencias (conocimientos y destrezas), en al menos un área de actividad humana. Suele aplicarse a la aptitud especializada en determinadas áreas de actividad en un campo específico, sin que necesariamente aparezca a una edad temprana.

Esto quiere decir que lo que se posee de forma innata es una dotación, la cual es requisito para que se pueda llegar a dar el talento, que se ejecuta y manifiesta en un ámbito, ya sea en las artes, las ciencias o el deporte. El desarrollo del talento consiste en la transformación de los dones en talentos. De esta manera las capacidades naturales actúan como materia prima del talento, por lo que se deduce que el talento necesariamente implica la presencia de aptitudes por encima de la media. Por tanto, uno no puede ser talentoso sin estar antes dotado de estas habilidades. Esta relación no se da en ambas direcciones, ya que una persona con alta capacidad puede que no llegue a transformar nunca sus dones en talento.

En el proceso de desarrollo del talento las habilidades naturales van emergiendo progresivamente hasta convertirse en destrezas bien entrenadas y sistemáticamente desarrolladas. Así, este proceso comienza tan pronto como un individuo de cualquier edad empieza el aprendizaje y practica las aptitudes propias de un campo, y en él, como si se tratara de una reacción química, influyen dos tipos de catalizadores:

  • Intrapersonales: Divididos en factores físicos y psicológicos, todos ellos parcialmente influidos por la herencia genética. Aquí se incluyen aspectos tan básicos como la propia personalidad (temperamento, autoestima, etc), la capacidad de autogestión y la fuerza de voluntad o motivación. También entran en juego características físicas tales como la salud, la capacidad de cognición o la coordinación. Todos estos factores juegan papeles cruciales ya que pueden estimular, guiar o bloquear todo el proceso de adquisición del talento.
  • Ambientales: Pueden ser a nivel macroscópico, si hablamos del lugar donde se vive o el momento histórico o social en el que se encuentra o a un nivel microscópico que se refiere al tamaño de la familia, tipo de educación o nivel socioeconómico. El entorno social y familiar puede potenciar o dificultar el desarrollo del sujeto talentoso y la educación, tanto dentro como fuera de la escuela juega un papel crucial para estimular o dificultar el desarrollo del talento.

Un último factor que influye en los catalizadores y las habilidades naturales es el azar, principalmente actuando a través de la recombinación de genes paternos o la situación social en la que la persona vive.

Simplificación del desarrollo del talento

Una vez conocidos los entresijos de la gran virtud que es el talento, podemos ver con otros ojos a las personas talentosas. Sabemos que, aunque poseen habilidades naturales excepcionales gracias a la fortuna de poseer fantásticos genes, nada hubieran conseguido sin potenciar y desarrollar su naturaleza, sin el gran trabajo y dedicación que supone jugar con el azar apostando todo a una carta.  Pero, gracias a ello, el resto de los mortales podemos disfrutar de las grandes melodías de Bach, de las bellas pinturas de Van Gogh, del duende de Carmen Amaya y, por qué no, de la teoría de la relatividad de Einstein.

“L’artiste n’est rien sans le don, mais le don n’est rien sans travail”
Émile Zola.