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Son varias las posibles razones que alientan la publicación de una crítica cinematográfica. Entre ellas puede estar, por ejemplo, la de dar salida a un ingenioso juego de palabras, o bien la de denunciar la repetición ad nauseam de los estereotipos del heteropatriarcado. Como en Tiempostmodernos ambas necesidades nos parecen tener el mismo peso, hemos decidido hacer pública la opinión que a varias de las tiempostmodernas nos mereció la película Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013), que, a diferencia de lo que probablemente su director habría querido, no nos hizo desarrollar ningún tipo de síndrome de Estocolmo durante la hora y media que permanecimos secuestradas en la oscuridad de la Sala Berlanga.

Sabíamos sobre Stockholm que era una obra low cost —y para continuar con los anglicismos: financiada por crowdfunding— de un joven director, nominado a los últimos premios Goya por mejor dirección novel, lo que en un principio consideramos alicientes para ir a ver la película. Sabíamos también que sus dos protagonistas, Aura Garrido y Javier Pereira, habían sido nominados a los mejores actores revelación y que él había incluso ganado el Goya. Y sabíamos que plasmaba una historia romántica “hiperrealista” vista bajo el prisma de nuestra idiosincrasia generacional: veinte o treinta-y-poco-añeros de la noche madrileña, supuestamente ansiosos por encontrar en cada novela, película o serie un reflejo de lo que nos define como nueva “generación perdida”.

Desconocíamos, sin embargo, que lo único que nos gustaría de la película sería la azotea con vistas a los tejados del centro de Madrid —aunque en ella sucedan cosas más siniestras que esos frívolos guateques con el Coliseo de fondo que Sorrentino nos brindaba en La gran belleza—, el atuendo de la protagonista, la luminosa casa de paredes blancas a la que a todos nos gustaría regresar a tomar el último gin tonic de la noche y el café de primera hora de la mañana. Desconocíamos que esos 90 minutos de metraje iban a servir para perpetuar, como si acaso la tradición no pesara suficiente, los clichés de las relaciones ella-él, las polaridades, el tópico de “los hombres son de Marte, las mujeres de Venus” que viene a traducirse en “todos son unos cabrones, todas unas histéricas”.

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Puede parecer que los protagonistas son personajes redondos que, tras el largo fundido en negro como elipsis del acto sexual, invierten sus funciones acerca de quién es el dominante y quién el dominado. Sin embargo, los personajes siguen siendo igualmente estereotípicos y se comportan consecuentemente a su rol atribuido “en virtud” de su sexo, insistimos: él es el fucker que luego, después de follar, se porta como un cabrón; ella es la estrecha que luego, después de follar, se porta como una histérica. Añadiéndole el hecho de que ella— no iba a ser él, ¿no?—es una persona que tiene falta de afectividad y por eso actúa de un modo enfermizo, acentuando los estereotipos de persona que tiene un trastorno del estado de ánimo. No sabemos hasta qué punto esta sería la intención del director, mantengamos el beneficio de la duda pese a todo, pero cuesta no pensar que en la película no haya una moraleja que haga ver lo desaconsejable de los amores de barra. Vete tú a saber con quién te puedes encontrar, las cosas no son lo que parecen, ¡Johnny, la gente está muy loca!

Estamos convencidas de haber visto películas con errores de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, pero bien por no ser estos tan evidentes o bien porque la historia y la maestría de los actores los disimulan, no solemos detectarlos. El poco interés que sentimos por Stockholm casi desde el comienzo de la película hizo que rápido se rompiera el pacto de ficción y viéramos la película no como una historia “real”, sino como un objeto construido artificialmente por piezas que chirrían. Véase a ella saliendo de la casa de él sin coger el abrigo y teniéndolo consigo en la siguiente escena, y véase también a él bajando por un café desde la azotea a su piso, para subir minutos más tarde sin él. Estas pequeñas piezas que chirrían son la gota que stockohlma el vaso de una suerte de ritmo narrativo lento hasta la exasperación; ese truncado conocerse entre los dos jóvenes que no terminaba de suceder, en el cual a una le daban ganas de levantarse frenéticamente de la butaca para gritar: “¡Coño, enrollaos ya!”. La historia de un joven aguerrido y descarado que para conquistar al polvete de la noche se lanza a perseguir a esa muchacha misteriosa y esquiva por varias calles del centro de Madrid (el paseo que se da la chavala es considerable y, qué raro, no se encuentra con un sólo transeúnte en una presumible saturday night) parece que llega a su punto más álgido cuando él consigue que la muchacha entre en su casa (¡Bieeeeen!) y decide libremente tomarse esa copichuela (ojo, aquí aparece la dimensión sutilísima del alcohol como posible desinhibidor sexual, no se nos pasa por alto, no, que la chica se lo piensa, a ver si a estas alturas del partido vamos a hacer algo de lo que mañana podamos arrepentirnos por ir más pedo que Alfredo, ¿eh?). Sorogoyen, que ya vamos teniendo una edad.

Por supuesto, habrá a quien le haya encantado la película. El espectador que se sentó detrás de nosotras se quejó de que nos hubiéramos reído en un drama. Señores, riámonos de lo que nos dé la gana. La risa es una emoción más, bienvenida sea. Bien contento tendría que estar Sorogoyen (que no merece un Sologoya) de que, al menos, su creación no deje a uno impertérrito o, lo que es peor, suscite esa reacción de levantarse a los 10 minutos de la película y marcharse, como hizo una inteligente espectadora dos butacas más allá.  Nosotras vemos drama en La lista de Schindler, no en Stockholm. Es difícil sentir como un drama las desgracias ajenas cuando los personajes no suscitan la más mínima empatía. Es más, los diálogos de la secuencia en la que los personajes están llevando a cabo la labor de “pelar la pava” dan vergüenza ajena. Pero realmente el problema que hemos tenido con Stockholm va más allá de una cuestión de gustos. Las mismas que ahora escribimos fuimos juntas a ver La espuma de los días (Michael Gondry, 2013) y no nos gustó. El problema de la ópera prima de Sorogoyen no es que no nos haya gustado, cosa fácilmente asumible, sino que nos ha enfadado muchísimo, que hemos salido del cine preguntándonos qué hemos hecho nosotras para merecer Stockholm.

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