Grândola: crónica de un 25 de abril de hace 40 años (II)

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Viene de Grândola: crónica de un 25 de abril de hace 40 años (I)

El ambiente de la calle iba adquiriendo un tono festivo. La zona del Carmo comenzaba a llenarse de una masa impresionante de personas, en buena parte jóvenes estudiantes, a pesar de que por Radio Clube Portugués no se dejaba de repetir que la gente se quedara en sus domicilios. Así empezó la confraternización entre civiles y militares que caracterizaría la escena lisboeta de los días posteriores. El ambiente era cada vez más alegre, sobre todo a partir de las tres de la tarde, cuando se recibió la noticia de que la Guardia Nacional Republicana se rendía, disolviéndose así el temor de una intervención por su parte.

Mientras tanto, las negociaciones para la rendición del jefe de Gobierno estaban ya muy adelantadas. A las cuatro y cinco de la tarde llegó al Cuartel do Carmo el Secretario del Estado, Pedro Feytor Pinto, con su secretario particular. Tras pedir que les dejaran hablar con el comandante de las tropas que cercaban el Cuartel General de la Guardia Nacional Republicana, Feytor Pinto fue conducido ante el capitán Salgueiro Maia. Habló en primer lugar con el ministro del Interior y con el propio Caetano. El jefe del Gobierno pidió a Feytor Pinto que comunicara al general Spínola que estaba dispuesto a entregarle el poder “para evitar que el poder se le cayera en la calle”. De ahí, Feytor partió hacia el domicilio de Spínola para trasmitirle la intención de Caetano, quien le llamó por teléfono justo en ese momento para contárselo personalmente. Feytor volvió al Carmo y sugirió al oficial de más alta graduación que había, un capitán, que se desplazara al cuartel de Ingenieros 1, en donde podría hablar con los jefes del Movimiento de las Fuerzas Armadas.

Spínola llegó al Cuartel do Carmo a las seis de la tarde, y fue entonces cuando el presidente del Gobierno le hizo entrega del poder. Más o menos a la misma hora, se produjo el incidente en el que un hombre reconocido como agente de la DGS/PIDE (la policía política) fue casi linchado por los estudiantes que lo descubrieron. Fue Salgueiro Maia quien intervino, evitando así que el funcionario muriera a golpes.

De la caída del Cuartel do Carmo informó Radio Clube Portugués mediante un comunicado del Movimiento de las Fuerzas Armadas, que se transmitió a las 18:20 horas. Mientras tanto, el pueblo empezó a pedir que Spínola saliera al balcón a saludar, lo que este no hizo por miedo a que hubiera algún francotirador escondido. No fue hasta las siete de la tarde, a consecuencia de un chaparrón, cuando se dispersó la muchedumbre que estaba en la plaza.

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A las siete y veinticinco, el blindado Bula salía del interior del cuartel llevando en su interior a Marcelo Caetano, Moreira Baptista, Rui Patricio y Silva Pinto, ministros de su gobierno, acompañados por el propio Spínola. El destino del convoy era el cuartel del Regimiento de Ingenieros 1, el puesto de mando del Movimiento de las Fuerzas Armadas. Llegaron cerca de las ocho. Tras quedar detenidos esos altos funcionarios en una dependencia del cuartel, el general Spínola se reunió con los oficiales que habían dirigido el pronunciamiento, entre los que se encontraban el teniente Almeida Bruno y el comandante Monje, ambos recién liberados del fuerte de Trafaria, donde estaban detenidos por haber sido dos de los líderes del levantamiento fallido del 16 de marzo en Caldas de Rainha.

Pasadas las 20:00 se produjo el único acontecimiento triste del día: unos pocos agentes de la PIDE, en un intento desesperado de resistir y de sofocar la revuelta, dispararon a matar contra la población civil que seguía en la praça do Carmo, ocasionando cuatro muertes, el único derramamiento de sangre de toda la jornada.

Cerca de la una y media de la madrugada, Radiotelevisão Portuguesa informaba de la composición de la Junta de Salvación Nacional: António Alba Rosa Coutinho, José Baptista Pinheiro Azevedo, Franciso da Costa Gomes, Antonio de Spínola, Jaime Silveiro Marques, Carlos Galvao de Melo y Manuel Diego Neto. Inmediatamente después de ofrecida esta información, el general Spínola leía el primer comunicado de la Junta de Salvación Nacional en el que se adelantaban los principales objetivos del movimiento militar.

A las 7:40 del día 26, partían el expresidente de la República, Marcelo Caetano y los exministros Silva Cunha, Americo Thomas y Moreira Baptista. El avión levantó el vuelo a las islas Madeira, donde permanecerían en situación de residencia vigilada.

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La primeras noticias sobre el golpe de estado portugués llegaron muy tarde a los periódicos españoles. Eran ya bastante más de las ocho de la mañana cuando recibimos en la redacción de Tele/eXpres el primer telegrama de la agencia EFE, basado en uno de la portuguesa ANI. La noticia de EFE se refugiaba en la de ANI, como si quisiera justificar la difícilmente justificable tardanza en la transmisión de los primeros datos.

¿Y por qué los claveles? En un momento dado un soldado se acercó a una florista llamada Celeste Caeiro, cargada de claveles, y le pidió un cigarro. Ella no fumaba, pero por darle algo, por tener un detalle con los soldados que tanto estaban haciendo por todos, le regaló un clavel rojo. El soldado lo cogió y metió el tallo en el cañón de su fusil. Y entonces todos los civiles empezaron a comprar claveles que regalarles a los soldados.

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Grândola: crónica de un 25 de abril de hace 40 años (I)

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Todo empezó cuando el locutor João Paulo Dinis dio la hora el día 24 de abril. Dijo “faltan cinco minutos para las ventitrés”, y no “son las diez y cincuenta y cinco minutos”, y a continuación sonó E depois do adeus. Esta era precisamente la señal convenida para poner en marcha toda la acción que pretendía echar abajo el régimen de Marcelo Caetano, sucesor de António Salazar. Al oír este mensaje, oficiales y, también, un pequeño grupo de civiles supieron que podían seguir adelante.

A las 0:20 Leite de Vasconcelos, locutor de Radio Renascença, emisora católica, recitó la primera estrofa de Grándola, una canción de Zeca Afonso cuya transmisión por la radio estaba prohibida:

Grándola, Vila Morena,
terra da fraternidade
o povo é quem mais ordena
dentro de ti, oh Cidade.

A continuación, puso la canción y cuando terminó, volvió a recitar la primera estrofa. Aquello de “faltan cinco minutos para las ventitrés” también iba dirigido a este locutor, encargado de decir con esta canción que los oficiales ya podían comenzar a salir de sus cuarteles para dirigirse hacia los objetivos previstos.

En la Escuela Práctica de Caballería de Santarem se había celebrado una reunión de oficiales durante la noche del 23 al 24. Una vez que todos estuvieron de acuerdo en el paso que se iba a dar, se habló a los suboficiales, a los soldados y a los cadetes de la escuela. Aunque hubo quien optó por mantenerse al margen, e incluso algún comandante contado se opuso, el apoyo al levantamiento fue masivo. Su plan era dirigirse pasando lo más desapercibidos posible a Lisboa en dos columnas: un cuerpo de reconocimiento (diez tanques y unos 80 hombres) y otro bajo el mando del capitán Salgueiro Maia (12 tanques y 150 hombres). Estas columnas tenían unos objetivos muy concretos: el Ministerio del Ejército, el Banco de Portugal y, tras haber tomado ya Radio Clube Portugués, Radio Marconi. En la retaguardia se quedaba el comandante Costa Ferreira, quien desde el cuartel de Santarem, se encargaría de conseguir la colaboración de ayuntamientos, de la compañía de electricidad y de la Compañía de Teléfonos de Oporto y Lisboa.

Las tres de la madrugada, la hora H. Mientras que algunos soldados cortaban el poco tráfico que había por las calles lisboetas a esas horas, otros tomaban sin resistencia alguna el Cuartel General de la Región Militar de Lisboa. Los de la Escuela Práctica de Infantería de Mafra tomaron el aeropuerto de Portela también sin mucho esfuerzo. A partir de ese momento, los vuelos que llegaron a Lisboa, fueron desviados a Madrid y Barcelona. Por su parte, los de la Escuela Práctica de Administración Militar se habían apoderado ya de los estudios de la Radio Televisión Portuguesa.

Los escuadrones de Santarem llegaron a sus objetivos a la Hora H sin problema. Su objetivo básico era controlar la zona del Terreiro do Paço. Nada más llegar, unos cuantos oficiales se dirigieron hacia el Ministerio del Ejército. Los oficiales conjurados en el Movimiento de las Fuerzas Armadas sabían que a esa hora se encontraban el ministro del Ejército, general Alberto Andrade e Silva, el subsecretario de Estado, coronel Viana de Lemos, y el contraalmirante Henrique Tenreiro, cuyas detenciones inmediatas podían ser un golpe de efecto psicológico muy importante. Sin embargo, estos conseguirían escapar.

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En pocas horas, los de Santarem fueron reforzados por pequeñas unidades del Regimiento de Ingenieros 1. Todas las calles cercanas estaban totalmente cerradas y el dispositivo de defensa establecido se basaba principalmente en cortar el paso a las posibles unidades fieles al gobierno. Mientras tanto, el Puente de Salazar estaba también controlado y por él iban llegando a Lisboa otras fuerzas de guarniciones estacionadas en el sur del país.

A las 4:30 de la madrugada los puntos estratégicamente más importantes de Lisboa ya se habían tomado. A esa hora Joaquim Furtado leyó un comunicado en la radio. A las 6:30, tras dos comunicados más en Radio Clube Portugués, algunos redactores de las Fuerzas Aéreas cruzaron la capital en diversas direcciones. La noticia del levantamiento estaba siendo transmitida por las emisoras extranjeras más importantes.

La toma de Lisboa se había llevado a cabo con la mayor serenidad y sigilo. La mayoría de los lisboetas no habían encontrado nada anormal cuando despertaron, y solo los más madrugadores pudieron escuchar la gran noticia cuando sintonizaron Radio Clube Portugués.

Radio Clube Portugués repitió una y otra vez las llamadas a la calma y a la serenidad de los habitantes de Lisboa, pidió a las fuerzas paramilitares que no ofrecieran resistencia y solicitó a los médicos que se dirigieran a los hospitales. Eran ya las siete y media de la mañana cuando, en un nuevo comunicado, se daban ya las primeras indicaciones sobre el sentido de este levantamiento militar que se estaba ya consolidando visiblemente.

Hacia las ocho de la mañana las calles empezarían a encontrarse concurridas. En las calles se podía ver el despliegue militar. Por su parte, el capitán Salgueiro Maia, había asumido el mando de las fuerzas estacionadas en el sector. Llamaba la atención la presencia de hombres trajeados que iban dando órdenes e instrucciones. Estos eran oficiales del ejército que participaron en las operaciones del día 25 sin sacarse en ningún momento el traje de civil, que vistieron desde su deserción, con el objetivo de coordinar los últimos detalles de la conspiración.

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Con más retraso de lo previsto, pues las conexiones de la Emisora Nacional se cayeron a las 4:00 y no se restablecieron hasta varias horas después, a las 8:30 el locutor Eduardo Fidalgo leyó el primer comunicado del Movimiento de las Fuerzas Armadas.

Poco antes de las 9, fuerzas del Regimiento de Caballería 7 intentaron oponerse a las fuerzas que controlaban el Terreiro do Paço. Estos no tenían ninguna esperanza de éxito y, de hecho, el teniente coronel Ferraud de Almeida fue inmediatamente detenido. Y por si esto fuera poco, la mayor parte de la tropa se unió espontáneamente al Movimiento de las Fuerzas Armadas. A esta misma hora en las calles de la Baixa se había producido un tiroteo al aire con el objetivo de conseguir la dispersión de la multitud que se estaba congregando en la zona, sin demasiado éxito.

En un comunicado transmitido por Radio Clube Portugués a las diez y media, se reiteraron las peticiones de que la población civil se mantuviese en sus domicilios con la promesa de ir informando de la situación.

Al mediodía ya estaba claro que las tropas desplegadas en torno al Terreiro do Paço habían logrado sobradamente sus objetivos, así que ya podían dirigirse a los siguientes puntos. Un grupo se dirigió a la sede de la paramilitar Legión Portuguesa y otro a la jefatura de la Dirección General. El primer punto fue tomado sin problemas, pero en el segundo solo consiguieron mantenerlo vigilado, pues los policías no tenían intención de rendirse.

Hubo un tercer grupo, el más numeroso, que se dirigió al Cuartel do Carmo, sede de la Guardia Nacional Republicana, donde estaban Caetano y otros miembros del Gobierno. El dictador expresó su intención de resistir hasta el final. Al parecer, Caetano creía todavía que disponía de suficientes unidades militares y policiales para dar un vuelco al rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, las únicas fuerzas importantes que se mantenían fieles al gobierno eran las de guarnición en el cuartel del Regimiento de Lanceros 2, unidad en la que estaba establecida la policía militar de Lisboa. Días después, este regimiento hizo todo lo posible para aclarar a través de la prensa las razones coyunturales que habían impedido su incorporación a los sublevados. La realidad es que la Policía Militar jugó un decisivo papel en la extraordinaria confraternización entre el pueblo y las Fuerzas Armadas que se produjo en la capital.

Sigue en Grândola: crónica de un 25 de abril de hace 40 años (II)

Cría cuervos

 

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Ficha técnica de Cría cuervos

No entiendo cómo hay personas que dicen que la infancia es la época más feliz de su vida. En todo caso para mí no lo fue y quizá por eso no creo en el paraíso infantil, ni en la inocencia, ni en la bondad natural de los niños. Yo recuerdo mi infancia como un periodo largo, interminable, triste, donde el miedo lo llenaba todo, miedo a lo desconocido. Hay cosas que no puedo olvidar. Parece mentira que haya recuerdos que tengan tanta tanta fuerza… Tanta fuerza.

Ana recuerda como recordamos todos: desordenadamente, mezclando lo que pasó después con lo que pasó antes, volviendo recurrentemente a imágenes obsesivas y dándole a las ensoñaciones de la infancia el mismo peso que merece cualquier otra vivencia. Hay imágenes que permanecen en nosotros con misteriosa persistencia. Algunas veces [ella ha] llegado a pensar que esas imágenes son precisamente nuestra personalidad. Ana recuerda la muerte de su padre y luego recuerda a su padre vivo, pero no recuerda ninguna conversación con él. Recuerda a su madre, viva, en pijama, en ocasiones tocando el piano; recuerda su enfermedad pero no su muerte. En la nevera de su casa siempre hay un plato con patas de pollo y lechuga para Roni, su cobaya, cuya muerte sí recuerda. Ana friega varias veces el mismo vaso sucio de leche y de ese veneno tan letal que es el bicarbonato, entremezclándolo siempre entre los demás para que no se sepa cuál es el que ha utilizado.

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Ana sobre todo recuerda con “tanta fuerza” los momentos que presenció y que no entendía. Ella no comprende que con una cucharadita de bicarbonato no se puede matar a un elefante, no entiende qué hacía Amelia con su padre en la cama, no sabe de qué le habla Rosa cuando le cuenta que nosequién se quedó embarazada de un ratón.

Había un montón de cosas que no aceptaba a comprender y me desazonaba la sensación de ser víctima de un juego en el cual yo no podía participar porque no conocía las reglas… Adivinaba cierta malicia en los gestos, en las conversaciones, pero no conseguía entender las cosas…

A Ana se le está revelando el mundo de los mayores. Debido a su insomnio, es espectadora de muchas escenas protagonizadas por los adultos, o más correcto sería decir las adultas, que la rodean. No entiende lo que ve pero esos recuerdos se quedan en su cabeza guardados, hasta que el paso del tiempo consigue explicarlos, o hacerlos todavía más confusos.

¿Por qué quería matar a mi padre? Es esa una pregunta que me he hecho cientos de veces. Las respuestas que se me ocurren ahora, ahora, con la perspectiva que dan los veinte años que han pasado desde entonces, son demasiado fáciles y no me satisfacen… Lo único que sí recuerdo perfectamente es que entonces me parecía el culpable de toda la tristeza que había embargado a mi madre en los últimos años de su vida. Yo estaba convencida de que él, y sólo él, había provocado su enfermedad y su muerte.

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Ana juega con su hermana mayor y con su hermana pequeña. Hacen obras de teatro fingiendo que son mayores, soltando expresiones grandilocuentes Me estás amargando la existencia. ¡Qué habré hecho yo, Dios mío, para merecer esta suerte! que apenas entienden; uno de los días que Ana recuerda como más agradables de su infancia, juegan a un escondite en el que se puede “matar” y en el cuarto de juegos bailan Por qué te vas por aburrimiento y aburridas.

Siempre suenan las tres mismas canciones: Por qué te vas para los momentos que podrían considerarse propiamente infantiles, Ay, Mari Cruz, Mari Cruz para los momentos que pasa con su abuela (también espectadora de ese mundo que ella ya ha abandonado y al que Ana todavía no ha llegado) y la melodía que toca su madre al piano, una música sentimental y melancólica, acorde a la imagen que Ana conserva de su madre y que invoca una y otra vez, despierta o en sueños. Y es en su madre —esa persona que por miedo renunció a ser pianista y escogió dedicarse a la casa y la familia, la que le revela a la niña que todo es mentira, quien le enseña lo que es morirse en la mujer en la que Ana se convierte.

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Ana imagina que sobrevuela su burgués barrio madrileño, regaña a su muñeca como si fuera ella misma pero no aguanta que la regañe su tía, no se queja, solo se sonríe, llora poco y, como si estuviese sola, no busca más cariño que el de su madre. Porque, aunque a veces parezca que se le olvida que ella ha muerto, lo sabe. Y muy bien.

 

¿Qué animal come piedras y vuela? Los juicios sintéticos a priori.

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Puesto que uno es feliz en la medida en que satisface un deseo, sin que se necesite de una gran habilidad para lograrlo, no es algo trivial el sentimiento que le incita a disfrutar del placer.

Immanuel Kant.

¿Qué animal come piedras y vuela?
El comepiedras volador.
Anónimo.

Mi trato con chavales de bachiller ha hecho que sueñe que cae Kant en Selectividad (es decir, que es por quién preguntan, no que Immanuel suspende la PAU a estas alturas de la vida), que tenga que esforzarme en hacer más fácilmente comprensibles los sostenidos de los filósofos a estudiar y que vuelva a recordar los chistes, e inevitablemente también las canciones, que estaban de moda cuando yo misma era una chavala de bachiller. Uno de los filósofos que suelen dar más problema es precisamente el que da nombre a la sección de Filosofía de Tiempost, el ciudadano Kant (repárese en lo idealizado —alemán— que lo tenemos al considerarlo ciudadano sin que nunca saliera de su pueblo). Todo esto, unido a mi aprecio por el comepiedras volador, es lo que me lleva a intentar simplificar en este artículo una parte de la teoría del conocimiento kantiana.

En su Crítica de la razón pura Kant propone un concepto que será una de las mayores aportaciones de su filosofía: los juicios sintéticos a priori. Quizá vuestra intuición os haga juzgar igualmente a priori que no es posible establecer ningún paralelismo entre dicho concepto y el chiste del comepiedras volador. Quizá estéis en lo cierto y a mí se me haya ido de las manos, pero dejadme al menos que desarrolle mi teoría e intente convenceros.

La razón que cuestiona y revisa Kant es la teoría del conocimiento mayoritariamente aceptada en la época. Este establecía dos tipos de conocimientos que proporcionan al sujeto una certeza:

– Juicios analíticos a priori: son juicios universales y autónomos respecto a la experiencia. Son necesarios. Ej: un cuadrado tiene cuatro lados.

– Juicios sintéticos a posteriori: son juicios que dependen estrictamente de la experiencia, siendo por tanto particulares, puntuales, variables y contingentes. Ej: ese cuadrado que hay ahí dibujado está pintado de azul.

Ambos conocimientos tienen en común que expresan algo que ocurre (o está ocurriendo), que es (o que está siendo). A estas manifestaciones se llega por las percepciones en respuesta a las cuales la conciencia crea un juicio. De esta forma, se diferencian también en que los juicios analíticos  a priori son los propios de la Ciencia y los juicios sintéticos a posteriori los que se ocupan del conocimiento “vulgar”.

Vayamos ahora un momento con el comepiedras volador. Lo que vuela es volador. En esta oración la información que nos está dando el predicado está ya contenida en el sujeto. Estamos ante un juicio analítico a priori ya que en ningún caso es posible que algo que vuele no sea volador. Sin embargo, es sintético a posteriori que un animal vuele, pues pertenecer al reino animal no implica tener la capacidad de volar necesariamente.

¿Y qué pasa con lo de comepiedras? Como bien sabemos, que los animales precisan de comer es un juicio analítico a priori, pero que coman piedras es un buen ejemplo de juicio sintético a posteriori, pues pocos animales habrá, amén del comepiedras volador, que tengan esa dieta tan dura. Por tanto, “este animal es un animal que come piedras” contiene un predicado accidental respecto al sujeto.

Hasta el momento en el que Kant escribe su Crítica, los juicios analíticos a priori y los juicios sintéticos a posteriori estaban enclaustrados en compartimentos estancos: los juicios que aportaban conocimiento, dependiendo del tipo de dicho conocimiento, eran o bien analíticos a priori o bien sintéticos a posteriori.

Pero no solamente encontramos un origen a priori entre juicios, sino incluso entre algunos conceptos. Eliminemos gradualmente de nuestro concepto empírico de cuerpo todo lo que tal concepto tiene de empírico: el color, la dureza o blandura, el peso, la misma impenetrabilidad. Queda siempre el espacio que dicho cuerpo (desaparecido ahora totalmente) ocupaba. No podemos eliminar este espacio. Igualmente, si en el concepto empírico de un concepto cualquiera, corpóreo o incorpóreo, suprimimos todas las propiedades que nos enseña la experiencia, no podemos de todas formas, quitarle aquélla mediante la cual pensamos dicho objeto como sustancia aunque este concepto sea más determinado que el objeto en general.

Crítica de la razón pura, Immanuel Kant.

(Taurus, 2005)

Kant “despertará del sueño dogmático” proponiendo una tercera categoría de juicios: los juicios sintéticos a priori. El tiempo, el espacio y las matemáticas, ciertamente, son universales, autónomos y necesarios, lo cual no es incompatible con que se puedan intuir sensiblemente. El espacio y el tiempo existen irremediable y necesariamente, pero son percibido e intuido, respectivamente, por los sentidos. La fórmula para resolver ecuaciones de segundo grado tiene una validez absoluta. Independientemente de que nunca a nadie le diera por resolver este tipo de ecuaciones, esta fórmula tiene veracidad en sí misma por ser el medio de alcanzar una certeza. No obstante, una fórmula matemática también puede ser intuida y percibida por los sentidos, podemos escribirla, decirla, desarrollarla, verla escrita:

 u= \frac{-b \pm \sqrt{b^2-4ac}}{2a}

Ante esto Kant se encuentra con una contradicción a resolver: matemáticas, tiempo y espacio van a ser intuiciones y no percepciones, pero van a ser a priori, es decir, con una validez anterior a su intuición. Con esto lo que Kant está haciendo es dividir entre intuiciones puras e intuiciones empíricas.

Así las cosas, de igual forma que el animal que come piedras y que vuela es el comepiedras volador, los juicios que tienen un valor apriorístico, pero que también son objeto de intuición sensible, es decir, sintéticos, van a ser juicios sintéticos a priori.

Ir al cine, esa expresión (Vol. II)

 Viene de Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

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La primera película que yo vi en el cine fue El jorobado de Notre Dame. ¿Recordáis cuál fue la vuestra? Habrá quien no recuerde este momento porque el cine, ese lugar, haya estado siempre integrado en su vida. Pero ¿habéis contemplado alguna vez a alguien mientras ve una película en el cine por primera vez? José Val del Omar participó en las Misiones Pedagógicas que, entre otras muchas actividades educativas en el ámbito rural, se encargaban de proyectar películas. A este “cinemista” le maravilló tanto la reacción del público, campesinos de diferentes edades prácticamente analfabetos, que se dedicó a grabar al público durante estas sesiones de cine.

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Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, España, 1973)

Siguiendo con estas primeras experiencias, Primo Levi nos cuenta el revuelo que provocaron las tres proyecciones realizadas por un cinematógrafo entre los soldados rusos en un campo de refugiados judíos:

Esta peripecia, típicamente individualista, elemental, y no mal contada, desencadenó en los rusos un entusiasmo sísmico. Una hora antes del comienzo, ya una multitud tumultuosa (atraída por el cartel, que representaba a la muchacha polinesia, espléndida y muy poco vestida) se apretaba contra las puertas; casi todos eran soldados muy jóvenes armados. Estaba claro que en el gran “Salón Colgante” no cabían todos, ni siquiera de pie; precisamente por ello luchaban encarnecidamente, a codazos, para conquistar la entrada. […]
Era como si los personajes de la película, en lugar de sombras, fuesen amigos o enemigos de carne y hueso.

La tregua, Primo Levi
(Quinteto, Barcelona, 2006)

Desde hace ya tiempo, no tiene nada de raro que una película esté rodada en una ciudad que conocemos o en la que incluso residimos, pero todavía se mantiene en el imaginario del cine una de sus funciones primigenias: acercar al “ciudadano corriente” lugares exóticos y lejanos a los que nunca viajaría. En el Doré los cuadros que acompañan la pantalla nos muestran una gran ciudad con rascacielos y otra de estilo oriental de un modo más arquetípico que realista. El cine consigue que ver El doctor Zhivago (David Lean, Estados Unidos, 1965) nos deje la sensación de haber viajado por Rusia, a pesar de que la película se rodara en España.

Otra de las funciones primigenias que cumplía el cine era la de ser ese lugar al que ir a meterse mano cuando todavía ni siquiera se podía ir a ver cómo actores hollywoodienses se daban el lote. Un dicho popular en el Madrid de comienzos del siglo XX era:

Cine Doré, entran dos y salen tres.

Y otro dicho popularizado por mi abuela es:

Fui al cine a ver Romeo y Julieta, y vi la mano que aprieta.

Esto no quita que haya y siga habiendo gente que va al cine sola, cosa que muchos interpretan como propia de personas con carencias afectivas y desórdenes emocionales en la antesala del suicidio. Bien, en ocasiones este diagnóstico puede ser certero. Hay personas —y personajes— que buscan esto, dejándose caer en cines acordes a su estado de ánimo:

Un piano tocaba una pieza monótona, con reminiscencias de Mendelsson. Craven ocupó su localidad, junto al pasillo, y al hacerlo percibió inmediatamente la soledad que le rodeaba. En la pantalla, una opulenta mujer vistiendo túnica, se retorcía las manos y se acercaba a un sofá con curiosos y bruscos movimientos. Se sentó en aquel y se quedó mirando al vacío, con expresión desesperada, a través de la maraña de su pelo negro y despeinado. […]
Craven empezó a mirar. Hileras de butacas vacías se extendían a ambos lados. No habría en el local ni veinte personas: unas cuantas parejas que musitaban algo, con las cabezas juntas y unos hombres solitarios como él, llevando el mismo impermeable barato.

Cuentos completos, Graham Greene
(Edhasa, Barcelona, 2011)

Pero, en la mayoría de los casos, son solo gente como usted y como yo —o eso oso a creer—, que consideran que el cine se disfruta más en soledad:

Cuando salí a la brillante luz del sol desde la oscuridad del cine tenía sólo dos cosas en la cabeza: Paul Newman y volver a casa. […] Me quedaba un buen trecho hasta casa e iba sin compañía, pero por lo general, suelo hacerlo solo, no por nada, sino porque las películas me gusta verlas sin que me molesten, para poder meterme en ellas y vivirlas con los actores. Cuando voy con alguien al cine me resulta un tanto incómodo, igual que cuando alguien lee un libro por encima de tu hombro. En eso soy diferente. […] Por un tiempo pensé que era la única persona del mundo que disfrutaba así. Así que me iba solo.

Rebeldes, Susan E. Hilton.
(Alfaguara,  Barcelona, 2002)

El cine, además, ha motivado auténticas peregrinaciones, pero aquí es obligatorio hacer un matiz: no todos los géneros cinematográficos ostentan tal meritorio título, solo el género erótico o, en su defecto, el pornográfico. En la década de los 60 y principios de los 70 Perpignan fue la Meca o plaza del Obradoiro de las películas subiditas de tono, cuando en España el único cine visible —que no el único producido— era el que le gustaba a José Manuel Parada.

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Maria Schneider y Marlon Brando en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, Italia, 1972)

Ir al cine da mucho juego porque nunca sabes con quién vas a compartir sala. La cosa va más allá de si alguien ronca o tose en los momentos clave. Yo he vivido ataques de risa colectivos —viendo Tiempos Modernos, precisamente la noche en la que se empezó a gestar este blog —, he visto a un hombre desmayarse ante la indiferencia de su mujer —y eso no formaba parte de la película por mucho que esta se titulara Mientras duermes—, una taquillera me ha invitado por no llevar dinero en metálico… Pero no todo en esta vida es alegría, ya nos gustaría. También ha habido escritores que han muerto de un infarto mientras veían proyectada la adaptación cinematográfica de su novela.

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Boris Vian, por cortesía de Memes literarios

Con todo y con eso, “ir al cine” es una de las expresiones con más encanto del castellano, solo superada, quizá, por “salir a bailar”. Que no caiga en desuso.

Y si no os gusta lo que os he contado, escuchad a Mecano.

 

Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

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“… y yo no puedo querer de veras a nadie que en algún momento del día o de la noche no se enloquezca de alegría porque en el cine de la esquina dan una de Buster Keaton, algo así.”

El libro de Manuel, Julio Cortázar
(Alfaguara, 1998)

Cada vez hay más tiendas de ropa y menos cines y teatros. Como todos hemos oído, o incluso dicho, la gente va poco al cine porque es caro. Sin embargo, que haya alternativas que todos conocemos, y de las que muy pocos están libres de pecado, demuestra que no se han dejado de ver películas. Si se tiene en cuenta que a una entrada de cine se le aplica el 21% de IVA, hay un primer obstáculo para que el cine sea asequible. Sin embargo, muchas cines de estreno están lanzando varias ofertas especiales para abaratar el precio de la entrada. Además, en Madrid hay varias salas en las que se pueden ver películas por poco dinero o incluso gratis (Cine Doré, Sala Berlanga, Academia del Cine, etc.). Ir al cine nunca tiene que ser un lujo.

Dejando a un lado los siempre turbios datos económicos, hay más razones por las que ir al cine. Ver una película en una sala de cine es verla en un lugar que ha sido creado especial y exclusivamente para ese fin. Cierto es que a raíz de la difusión de la televisión, hay muchas películas que, al margen de que esto coincida con la intención del director o no, podemos verlas en pantalla pequeña y no perdernos nada. Esto no quita que las películas, por norma general, estén pensadas para verse en una pantalla de cine. ¿En dónde nos van a impresionar más ciertas escenas, como pueden ser las panorámicas en plano secuencia de Paisaje en la niebla (Theo Angelopoulos, Grecia, 1988), los primeros minutos de Persona (Ingmar Bergman, Suecia, 1966) o la escena del bautizo de El padrino (Francis Ford Coppola, Estados Unidos, 1972), que en una pantalla gigante situada en un espacio asimismo grande? Hay que dar gracias a George Méliès porque existan cines donde echen películas que tienen ya unos añitos, y no solo porque sean los más baratos.

Pero ir al cine no es sólo una cuestión de espacio, también lo es de tiempo. Ir al cine es aceptar voluntariamente un secuestro, es estar encerrado unas pocas horas sin poder hacer otra cosa más que ver la película. Mientras estamos en el cine, se suspende el tiempo cronológico, de reloj y calendario, y rige el tiempo que marcan el propio tiempo y el ritmo de la película. En el cine no existe la opción de darle al pause si entra hambre o si se tienen ganas de hacer pis.

Ir al cine es, en palabras de Fernando Fernán Gómez:

Cuando amábamos el cine, cuando no simplemente “nos gustaba”, sino que estábamos enamorados de él, el cine no se limitaba a la película, como hoy podemos verla en el televisor, sino que empezaba en la mañana del domingo, al recorrer en pandilla los cuatro o cinco cines del barrio para elegir la película. Luego, después de comer, se iba en grupo desde la calle hasta el cine […]. Y luego, sí, la película con las aburridas escenas de amor, las trepidantes persecuciones, la llegada de los buenos coreada con gritos y aplausos; y la vuelta a casa, ya entre dos luces, explicando los más listos a los más torpes lo que éstos no habían entendido de la intriga. […] Los chicos del barrio sabíamos que aquellos sueños de papel de plata que desfilaban por la pantalla se convertirían en realidad para nosotros el día de mañana, que aquella era la vida que nos aguardaba.
Más adelante, el cine, los locales de cine, fueron nuestro jardín de Verona. En su oscuridad fuimos Romeos y Julietas en los tiempos nefastos en que el amor, como casi todo, estaba perseguido.

“Amor al cine”, Desde la última fila.
(Espasa-Calpe, 1995)

Me despido haciendo un Lars von Trier: el artículo sería una “versión (demasiado) extendida” como para publicarlo de una vez, así que, próximamente en Tiempostmodernos podréis leer Ir al cine, esa expresión (Vol. II).