Catálogo de yoes (I)

Autorretrato - Gino Severini (1912)

Autorretrato – Gino Severini (1912)

La historia del sujeto se puede contar de diversas maneras:
como historia de una emancipación o de una pérdida,
pero también como historia de una catástrofe continuada.
(Peter Bürger)

I am he as you are he as you are me and we are all together
(The Beatles)

En la introducción a su libro La desaparición del sujeto. Una historia de la subjetividad de Montaigne a Blanchot, Peter Bürger comienza enunciando una afirmación que observa como síntoma de un cambio de paradigma: “El sujeto ha caído en descrédito”.  Con sus palabras, Bürger hace referencia al discurso relativo a la muerte del yo que se ha hecho tan frecuente en la teoría literaria posmoderna y que, mediante la abolición del sujeto, categoría central de la modernidad, quiere expresar la conciencia de hallarnos en una época de tránsito. Pero aquí no vamos a hablar del consabido asesinato perpetrado por Barthes y rematado (o deconstruido, como si de un descuartizamiento se tratara) por Derrida, sino de la progresiva desaparición del yo —con todas las derivas y dislocaciones que este experimenta hasta llegar a desaparecer— dentro de la propia literatura, que siempre le lleva la delantera, como es lógico suponer, a la teoría. La identidad específica e individual del sujeto comienza a ser puesta en cuestión por los literatos de la modernidad en su exploración de una nueva subjetividad, cuyos conflictos ocuparán todo el siglo XX.

Esta peculiar subjetividad no puede desligarse del que resulta ser el mal moderno por antonomasia. Llamémoslo spleen a la manera baudelairiana, tedio o ennui; en cualquier caso, habremos de buscar sus raíces en el inicio de la modernidad y en la sociedad surgida al (des)amparo de una fe derruida que ya no sirve de techo común. El individuo moderno, inevitablemente afectado por el tedio, se experimenta —dice Bürger— como “muerto viviente”, como “sombra deambulante”, como “fantasma que piensa”. Este sentimiento de irrealidad se intensifica en el caso de las vanguardias, que disuelven al enunciador en beneficio de la enunciación, del lenguaje, modificando así la relación entre sujeto y obra. Estas técnicas de despersonalización implican no solo una estética, sino una actitud frente al mundo: cuando dentro del propio texto es la voz poética quien se distancia de sí misma, pues, una vez asumida la simulación del sujeto real, el desmembramiento del sujeto ficticio despierta la conciencia crítica. Un ejemplo serían los poemas del argentino Oliverio Girondo: la crisis identitaria que a través de ellos manifiesta el sujeto poético se sustenta en el desdén hacia lo circundante y su crítica va dirigida hacia la situación miasmática y putrefacta que impregna a la sociedad como si se tratase de un humor repugnante o una baba hedionda, cáustica y viscosa.

Este clima de asfixia que impregna los pulmones
de una anhelante angustia de pez recién pescado.
Este hedor adhesivo y errabundo,
que intoxica la vida
y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo.

(“Ejecutoria del miasma”)

La dinamita que el argentino lanza con sus versos no va dirigida solo al desastre político, más que evidente en los años de entreguerras o post-Segunda Guerra Mundial en los que se inscriben, sino que el poeta se posiciona también en contra de las poéticas que perpetúan la concepción de la lírica como mera expresión de la interioridad del sujeto —”que confunde […] la poesía con la congoja acidulada”—, en contra del lenguaje anquilosado y gastado, del mercantilismo artístico que consagra fórmulas agonizantes —”como tibios pescados corrompidos / por tanto mercader y ruido muerto”—; utiliza la despersonalización como arma contra la fórmula poética del sentimentalismo, opone su rebelión de vocablos al lenguaje enmohecido que convulsionará en su último poemario, En la masmédula, y se despoja de su entidad como individuo para que su arte no participe en el mercado de compraventa que se ha instalado a su alrededor.

Un par de décadas después, en el epílogo que Octavio Paz adjunta a su segunda edición de El arco y la lira (“Los signos en rotación”, 1967), este se pregunta sobre las circunstancias a las que se enfrentan los nuevos poetas, aquellos que escriban poesía una vez superada la primera mitad del siglo XX y tengan que lidiar con los tres rasgos que señala para esa época: la pérdida de la imagen del mundo, la aparición del vocabulario universal que es la técnica y la crisis de los significados. A propósito de este primer rasgo, la pérdida de la imagen del mundo que va paulatinamente configurando nuestra entrada en la posmodernidad, escribe:

Todo era un todo. Ahora el espacio se expande y disgrega; el tiempo se vuelve discontinuo; y el mundo, el todo, estalla en añicos. Dispersión del hombre, errante en un espacio que también se dispersa, errante en su propia dispersión. En un universo que se desgrana y separa de sí, totalidad que ha dejado de ser pensable excepto como ausencia o colección de fragmentos heterogéneos, el yo también se disgrega. No es que haya perdido realidad ni que lo consideremos como una ilusión. Al contrario, su propia dispersión lo multiplica y lo fortalece. Ha perdido cohesión y ha dejado de tener un centro, pero cada partícula se concibe como un yo único, más cerrado y obstinado en sí mismo que el antiguo yo. La dispersión no es pluralidad, sino repetición: siempre el mismo yo que combate ciegamente a otro yo ciego. Propagación, pululación de lo idéntico.

Aparejada a esta pérdida de la imagen del mundo, como resultado de ella, se produce esta “multiplicación cancerosa del yo”. Si el descubrimiento del yo está ligado al sentimiento de soledad en el mundo, en un mundo que no puede reconocerse como tal es imposible sentir tal soledad y, por ende, es imposible tomar conciencia de la individualidad. El individuo, otrora unitario, se ve reflejado ahora en un espejo que, desde el decimonónico “borde del camino”, ha caído por el precipicio para estrellarse en el suelo y romperse en mil pedazos. Su figura se descompone caleidoscópicamente del mismo modo en que lo hacía la del futurista Gino Severini en la imagen que este pinta de sí mismo a inicios del siglo XX.

La reflexión sobre el yo, en las entradas sucesivas, se iniciará en aquellas manifestaciones literarias cuyos sujetos anticipan una multiplicidad que ha llegado a ser tan común como significativa dentro de la reflexión posmoderna sobre la cultura y la sociedad. Pero esta no es la única cara que presenta la crisis de la subjetividad que recorre toda la literatura del pasado siglo; esta puede tomar también forma de lo que más adelante llamaré alteridad y alienación e, incluso, llegar a la aniquilación final. Sirva este catálogo de yoes como recorrido por la catástrofe continuada del sujeto. Porque si yo soy él y tú eres él y tú eres yo y todos estamos juntos, según cantan los Beatles, siempre podremos decir que al menos I am the Walrus. Y tan contentos.

 

 

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Alegato contra la tibieza

Conozco tus obras: que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
Por eso, porque eres tibio, y no eres frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca.
(Apocalipsis 3: 15-16)

William Blake - Dante and Virgil at the gates of Hell

Cuenta Dante que al llegar al dintel de las puertas del infierno, nada más traspasar el umbral hacia su vestíbulo, comenzó a oír un violento tumulto de quejidos tan doloridos y airados que lo hicieron llorar. Cuenta que, cuando horrorizado le preguntó a Virgilio por la procedencia de tales lamentos, este le respondió que estaba escuchando a las almas de aquellos que vivieron “sanza infamia e sanza lodo” (Inferno III: 36), es decir, de quienes en vida no hicieron el mal ni el bien y, por ello, no merecen afrenta ni loa. Tienen estos vedado el ingreso celestial y son asimismo rechazados por el infierno: Dante, sin llegar al radicalismo rayano en lo barriobajero de la amenaza bíblica, está manifestando también su clara oposición a los tibios.

Considerar la tibieza un pecado es algo a lo que, en este mundo actual de corrección política y bienquedismo por defecto, no estamos en absoluto acostumbrados. Tememos ser tachados de radicales y, por ello, eludimos cualquier posicionamiento explícito, sobre todo si este supone inclinar demasiado uno de los platillos de la balanza. “Los extremos se tocan”, insisten —¿pero esos no son los extremeños de la película de Pajares?—  y parecen ignorar que “un mundo extremo exige posiciones extremas”.

No obstante, la negligencia —de la que sufren pusilánimes, indolentes y tibios, es decir, todos aquellos que no (nec) escogen (legō, legere)— era considerada por Santo Tomás de Aquino un pecado de omisión, que suponía no la transgresión de un mandato (como podría ser el “No matarás”), sino la omisión de un acto debido (por ejemplo: “Amarás al prójimo como a ti mismo”). Esta “desidia de la voluntad”, según señala en su Summa Theologiae, se opone a la prudencia, aquella virtud que Aristóteles juzgaba imprescindible para ser capaz de deliberar adecuadamente. Sí, el mismo Aristóteles que se esgrime como defensor supremo del “término medio” y, por ende, de los tibios. Solo malentendiendo la Ética a Nicómaco —o no habiéndola leído nunca— podremos equiparar la concepción aristotélica de la virtud con la tibieza: el filósofo dirá que la virtud es, ante todo, un hábito electivo, y que será la prudencia o phrónesis la que nos permita juzgar rectamente en cada caso y tomar la decisión que nos conduzca hacia el Bien y la felicidad, pues para llegar a estos no basta con abandonarse a la deriva, sino que hay que actuar, ya que

quizá no haya poca diferencia entre suponer que el Bien supremo consiste en su posesión o en su uso, y en un estado o en una actividad. […] Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), así también son los que actúan rectamente quienes pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida.

(Aristóteles, Ética a Nicómaco III, 8)

La toma de decisiones se convierte, pues, en una cuestión de trascendencia ética y como tal ha de ser juzgada. Sin embargo, la modernidad nos ha acostumbrado a situarnos más allá de la moralidad —no es casual que el iconoclasta Nietzsche titulara al texto de 1886 en el que renegaba de la jerarquía de valores heredada del judeocristianismo Más allá del bien y del mal— o, quizá acordando con Kierkegaard, más acá. En O lo uno o lo otro (1843), el pensador danés defiende que es la elección la que nos constituye como seres humanos y subraya la importancia de darse cuenta de que no todo tiene el mismo valor, marcando la distinción entre el hombre del estadio éticoque asume la responsabilidad derivada de su libertad electiva y se hace cargo de ella, y el hombre que todavía se encuentra en el estadio estético y no se compromete con sus decisiones, tomándolas desde una cierta indiferencia y malgastando así su vida. “Quien se pierde en su pasión pierde menos que quien pierde su pasión”, dirá el bueno de Søren.

Es sin duda tentador abandonarse al hedonismo y proclamarse esteta, eludir cualquier compromiso ético y ensalzar como modelos de conducta a los antihéroes existencialistas, quienes convirtieron la indiferencia en el único motor para sus absurdas vidas. Pero no debemos olvidar que el existencialismo, que no fortuitamente tiene a Kierkegaard como padre, se funda en la archiconocida sentencia sartriana de que “estamos condenados a ser libres”: renunciar a la heteronomía moral implica conquistar una autonomía que necesariamente ha de ir acompañada de una serie de responsabilidades. Y, entre ellas, se encuentra la necesidad de elegir, aunque lo que elijamos sea, precisamente, la indiferencia. Uno no se resigna al absurdo, sino que lo acepta y escoge —según defiende Camus en El mito de Sísifo—; a uno no le aplasta “la tierna indiferencia del mundo”, sino que se abre a ella, cual Meursault condenado a muerte. Incluso en el I would prefer not to de Bartleby, ejemplo por excelencia de la inacción, está puesto de relieve el verbo preferir. El ejercicio de la libertad —siempre que esté debidamente asumido y sea conforme a la propia voluntad— nos distancia de la tibieza; y hasta la negligencia, mirada desde esta óptica, reviste un componente ético. Escogemos no escoger y, paradójicamente, con ello estamos escogiendo, pues como señala Mario Levrero en su relato “Siukville”:

No esté tan seguro, Karl. Y, de todos modos, se necesita tanto valor para tomar una decisión como para no tomar ninguna. Recuérdelo, Karl: el tiempo pasa, y no tomar decisiones equivale a tomar la decisión más terrible.