Caminos hacia la posmodernidad: Alemania (II)

 

 

Todo eso que el mundo llama inteligencia y ciencia no es más que vanidad y orgullo.

Fausto, Goethe.

Alemania es un abismo y no tiene afuera. Todo cabe en ella. Actitudes profrancesas como la del hermano de Mann no son más que un sentimiento antialemán, emanado de Alemania y cuyo movimiento es un retorno constante a la propia Alemania. Lo que pudiera ser más dañino para Alemania, es alemán. Ecos de la muerte, del dolor y la herida patria, sinónimo de felicidad para el alemán, encontramos en Carlota en Weimar, donde Mann pone en labios de Goethe el siguiente pasaje: Hay que lamentar que no conozcan el encanto de la verdad; es detestable que les sea tan querido el vaho y la borrachera y todo desenfreno furioso; que se consagren crédulamente a cualquier rufián extasiado que hace apelación a lo más bajo, los confirma en sus vicios y les enseña a entender la nacionalidad como aislamiento y rudeza; es miserable que sólo se sientan grandes y magníficos cuando toda dignidad está completamente perdida, y cuando miran con bilis malévola lo que los extranjeros ven y honran en Alemania. No quiero reconciliarme con ellos. No me quieren a mí, pues bien, yo no les quiero a ellos, y estamos en paz. Yo tengo mi propia germanidad… que el diablo se los lleve, con todo ese malévolo filisteísmo, como lo llaman ellos. Piensan que ellos son Alemania, pero lo soy yo, y si ella desapareciera sin dejar rastro, se perpetuaría en mí. Haced los gestos que queráis indicando que rechazáis lo mío, yo os represento sin embargo. Pero en esto consiste que sea nacido para la reconciliación, mucho más que para la tragedia.

En los fragmentos vistos de Mann encontramos una representación increíblemente plástica de la cultura alemana: escisión entre lo espiritual y lo material, dualismos y aporías irresolubles, indagación personal-nacional que llega a lo morboso, elementos con pretensiones universalistas de corte imperial…

En Los Buddenbrook podemos encontrar, en paralelo con Ferdinand Tönnies y su obra Comunidad y sociedad, la herencia del debate alemán del S. XIX, desplegado mediante una estructura dilemática entre una razón teleológico-formal que a través del cálculo adecúa medios y fines, y una pasión axiológico-moral que insufla de sentido a la existencia. De este modo, la tensión entre lo étnico-nacional y lo político-cosmopolita quedaba sin resolución como culminación simbólica de la Modernidad europea. Con la remisión a la Filosofía de la Historia de la ruina y la decadencia de un sector para mostrar dialécticamente la ruina y la decadencia de otro y el sobrepasamiento de la política que pretende llevar a una moral presuntamente despolitizada, el desbordamiento de la Ilustración, esto es, la utopía moderna, se convierte en un ethos y deja de reconocerse como límite político en clara desatención a la heterogonía de los fines en el sentido original de Wundt. Según esto, una muestra sería la fuerza del capitalismo, que parece perfeccionarse casi por si mismo hasta tal punto que es capaz de mantenerse sin la aportación consciente del hombre, lo que generaría la necesidad vital de crear unos nuevos valores interiores que permitan llenar el vacío dejado por lo inopinado e imprevisible de sus consecuencias. Lo que antes era un medio (el trabajo) para la consecución de un fin (la salvación), ha rebosado, provocando su inversión semántica y práctica. La cientifización de la industria y la industrialización de la ciencia; la reglamentación, enfriamiento, y hostilización de la relación patriarcalmente humana, que llega a ser imposible, de empleador y empleado, en virtud de la ley social: emancipación y explotación: ¡poder, poder, poder! ¿Qué es hoy en día la ciencia? Una dura y estrecha especialización con fines de lucro, de explotación y dominación. ¿Qué es la instrucción? ¿Acaso humanitarismo? ¿Amplitud y bondad? No, nada sino un medio para obtener ganancias y poder. ¿Qué es la filosofía? Acaso no es un medio para ganar dinero, pero sí una especialización duramente delimitada, en el estilo y el espíritu de la época. ¡Míralo, a tu burgués alemán actual, a ese propietario imperialista de minas, que no vacilaría en sacrificar a quinientas mil personas, y aún el doble, con tal de anexarse Briey y convertirse en amo del mundo! Este escrito de Heinrich dirigido a Thomas Mann, su hermano, es un claro ejemplo de la intuición relativamente temprana del desbordamiento. El protestante burgués, convertido en sujeto de la Modernidad, se ha transmutado en otro completamente alienado: El hombre gótico es el hombre de la nueva intolerancia, de la antihumanidad sin espíritu, de la nueva armonía y decisión, de la creencia en la creencia: es el hombre que ya no es burgués, el hombre fanático, declaraba Mann. Desde la histórica y luterana escisión alemana entre el deber y el sentimentalismo, podemos entroncar, desde Mann, el dualismo moderno general europeo entre el deber y el no deber aceptado por estético y por personificar una válvula de escape a la hipertecnificación, y que desde el eje alemán nos remite al nazismo y a su intento de dominación de Europa, o lo que es lo mismo, y volviendo de nuevo al origen alemán, a la contradicción entre lo ideal y lo real.

La tensión entre el deber casi técnico y lo sentimental, entre el ethos y el pathos alemán, encuentra respuesta general en la secularización ilustrada, Filosofía de la Historia mediante, donde la racionalización y tecnologización del mundo encuentra una salida, un desahogo, en el sentimentalismo, que es barbarie como compensación naturo-animal al hipercontrol y omnidominación racional-científico de la existencia, retroalimentada desde una perspectiva que ha confundido y volteado medios (trabajo) y fines (salvación). El control racional del mundo, en el caso alemán, tanía una contracara sentimental que, empero, no triunfó, lo que clarificaba pavorosamente la frase de Mann: a Alemania la han democratizado sus derrotas.

Este nuevo panorama general de la Modernidad encuentra una de sus causas en las consecuencias ético-prácticas de la Reforma protestante. Cuando el espíritu del capitalismo ha quedado sin espíritu, esto es, cuando el capitalismo ha quedado sin un fin de contenido religioso que informaba sobre un más allá de la vida, queda solo la muerte. El hombre, despojado de un fin respecto del éxito comercial, se adentra en sí mismo desde un cavilar hipocondriaco para desembocar en el arte, la estética, lo que nos lleva de un salto a Doktor Faustus. El tiempo que en Doktor Faustus le regala el diablo a Adrián Leverkühn son veinticuatro años, de 1906 a 1930, hasta que se precipita al abismo (¿acaso el abismo descripto por Mann?), justo el tiempo en el que Alemania se precipita a la barbarie. El pacto de Adrián-Mefistófeles es el de Alemania-Hitler, y el destino de Adrián se convierte en una excepcional metáfora del ascetismo protestante, dado la vuelta: si el trabajo trae la salvación, es decir, el medio trae el fin, el mundo secular es el fin, y no hay fin más allá, ni por tanto más allá: el paso de la tierra al Cielo se ha convertido en el disfrute del Cielo en la tierra que no llega a culminarse gracias a la Utopía, y que a hurtadillas se dirige hacia una región incierta que puede ser perfectamente el infierno. He aquí la ontología de la Modernidad occidental.

 

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