Grândola: crónica de un 25 de abril de hace 40 años (I)

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Todo empezó cuando el locutor João Paulo Dinis dio la hora el día 24 de abril. Dijo “faltan cinco minutos para las ventitrés”, y no “son las diez y cincuenta y cinco minutos”, y a continuación sonó E depois do adeus. Esta era precisamente la señal convenida para poner en marcha toda la acción que pretendía echar abajo el régimen de Marcelo Caetano, sucesor de António Salazar. Al oír este mensaje, oficiales y, también, un pequeño grupo de civiles supieron que podían seguir adelante.

A las 0:20 Leite de Vasconcelos, locutor de Radio Renascença, emisora católica, recitó la primera estrofa de Grándola, una canción de Zeca Afonso cuya transmisión por la radio estaba prohibida:

Grándola, Vila Morena,
terra da fraternidade
o povo é quem mais ordena
dentro de ti, oh Cidade.

A continuación, puso la canción y cuando terminó, volvió a recitar la primera estrofa. Aquello de “faltan cinco minutos para las ventitrés” también iba dirigido a este locutor, encargado de decir con esta canción que los oficiales ya podían comenzar a salir de sus cuarteles para dirigirse hacia los objetivos previstos.

En la Escuela Práctica de Caballería de Santarem se había celebrado una reunión de oficiales durante la noche del 23 al 24. Una vez que todos estuvieron de acuerdo en el paso que se iba a dar, se habló a los suboficiales, a los soldados y a los cadetes de la escuela. Aunque hubo quien optó por mantenerse al margen, e incluso algún comandante contado se opuso, el apoyo al levantamiento fue masivo. Su plan era dirigirse pasando lo más desapercibidos posible a Lisboa en dos columnas: un cuerpo de reconocimiento (diez tanques y unos 80 hombres) y otro bajo el mando del capitán Salgueiro Maia (12 tanques y 150 hombres). Estas columnas tenían unos objetivos muy concretos: el Ministerio del Ejército, el Banco de Portugal y, tras haber tomado ya Radio Clube Portugués, Radio Marconi. En la retaguardia se quedaba el comandante Costa Ferreira, quien desde el cuartel de Santarem, se encargaría de conseguir la colaboración de ayuntamientos, de la compañía de electricidad y de la Compañía de Teléfonos de Oporto y Lisboa.

Las tres de la madrugada, la hora H. Mientras que algunos soldados cortaban el poco tráfico que había por las calles lisboetas a esas horas, otros tomaban sin resistencia alguna el Cuartel General de la Región Militar de Lisboa. Los de la Escuela Práctica de Infantería de Mafra tomaron el aeropuerto de Portela también sin mucho esfuerzo. A partir de ese momento, los vuelos que llegaron a Lisboa, fueron desviados a Madrid y Barcelona. Por su parte, los de la Escuela Práctica de Administración Militar se habían apoderado ya de los estudios de la Radio Televisión Portuguesa.

Los escuadrones de Santarem llegaron a sus objetivos a la Hora H sin problema. Su objetivo básico era controlar la zona del Terreiro do Paço. Nada más llegar, unos cuantos oficiales se dirigieron hacia el Ministerio del Ejército. Los oficiales conjurados en el Movimiento de las Fuerzas Armadas sabían que a esa hora se encontraban el ministro del Ejército, general Alberto Andrade e Silva, el subsecretario de Estado, coronel Viana de Lemos, y el contraalmirante Henrique Tenreiro, cuyas detenciones inmediatas podían ser un golpe de efecto psicológico muy importante. Sin embargo, estos conseguirían escapar.

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En pocas horas, los de Santarem fueron reforzados por pequeñas unidades del Regimiento de Ingenieros 1. Todas las calles cercanas estaban totalmente cerradas y el dispositivo de defensa establecido se basaba principalmente en cortar el paso a las posibles unidades fieles al gobierno. Mientras tanto, el Puente de Salazar estaba también controlado y por él iban llegando a Lisboa otras fuerzas de guarniciones estacionadas en el sur del país.

A las 4:30 de la madrugada los puntos estratégicamente más importantes de Lisboa ya se habían tomado. A esa hora Joaquim Furtado leyó un comunicado en la radio. A las 6:30, tras dos comunicados más en Radio Clube Portugués, algunos redactores de las Fuerzas Aéreas cruzaron la capital en diversas direcciones. La noticia del levantamiento estaba siendo transmitida por las emisoras extranjeras más importantes.

La toma de Lisboa se había llevado a cabo con la mayor serenidad y sigilo. La mayoría de los lisboetas no habían encontrado nada anormal cuando despertaron, y solo los más madrugadores pudieron escuchar la gran noticia cuando sintonizaron Radio Clube Portugués.

Radio Clube Portugués repitió una y otra vez las llamadas a la calma y a la serenidad de los habitantes de Lisboa, pidió a las fuerzas paramilitares que no ofrecieran resistencia y solicitó a los médicos que se dirigieran a los hospitales. Eran ya las siete y media de la mañana cuando, en un nuevo comunicado, se daban ya las primeras indicaciones sobre el sentido de este levantamiento militar que se estaba ya consolidando visiblemente.

Hacia las ocho de la mañana las calles empezarían a encontrarse concurridas. En las calles se podía ver el despliegue militar. Por su parte, el capitán Salgueiro Maia, había asumido el mando de las fuerzas estacionadas en el sector. Llamaba la atención la presencia de hombres trajeados que iban dando órdenes e instrucciones. Estos eran oficiales del ejército que participaron en las operaciones del día 25 sin sacarse en ningún momento el traje de civil, que vistieron desde su deserción, con el objetivo de coordinar los últimos detalles de la conspiración.

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Con más retraso de lo previsto, pues las conexiones de la Emisora Nacional se cayeron a las 4:00 y no se restablecieron hasta varias horas después, a las 8:30 el locutor Eduardo Fidalgo leyó el primer comunicado del Movimiento de las Fuerzas Armadas.

Poco antes de las 9, fuerzas del Regimiento de Caballería 7 intentaron oponerse a las fuerzas que controlaban el Terreiro do Paço. Estos no tenían ninguna esperanza de éxito y, de hecho, el teniente coronel Ferraud de Almeida fue inmediatamente detenido. Y por si esto fuera poco, la mayor parte de la tropa se unió espontáneamente al Movimiento de las Fuerzas Armadas. A esta misma hora en las calles de la Baixa se había producido un tiroteo al aire con el objetivo de conseguir la dispersión de la multitud que se estaba congregando en la zona, sin demasiado éxito.

En un comunicado transmitido por Radio Clube Portugués a las diez y media, se reiteraron las peticiones de que la población civil se mantuviese en sus domicilios con la promesa de ir informando de la situación.

Al mediodía ya estaba claro que las tropas desplegadas en torno al Terreiro do Paço habían logrado sobradamente sus objetivos, así que ya podían dirigirse a los siguientes puntos. Un grupo se dirigió a la sede de la paramilitar Legión Portuguesa y otro a la jefatura de la Dirección General. El primer punto fue tomado sin problemas, pero en el segundo solo consiguieron mantenerlo vigilado, pues los policías no tenían intención de rendirse.

Hubo un tercer grupo, el más numeroso, que se dirigió al Cuartel do Carmo, sede de la Guardia Nacional Republicana, donde estaban Caetano y otros miembros del Gobierno. El dictador expresó su intención de resistir hasta el final. Al parecer, Caetano creía todavía que disponía de suficientes unidades militares y policiales para dar un vuelco al rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, las únicas fuerzas importantes que se mantenían fieles al gobierno eran las de guarnición en el cuartel del Regimiento de Lanceros 2, unidad en la que estaba establecida la policía militar de Lisboa. Días después, este regimiento hizo todo lo posible para aclarar a través de la prensa las razones coyunturales que habían impedido su incorporación a los sublevados. La realidad es que la Policía Militar jugó un decisivo papel en la extraordinaria confraternización entre el pueblo y las Fuerzas Armadas que se produjo en la capital.

Sigue en Grândola: crónica de un 25 de abril de hace 40 años (II)

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