El primitivo, el animal y el posmoderno

No es el tiempo el que nos falta. Somos nosotros quiénes le faltamos a él.

Paul Claudel.

Un tema tan caro a la posmodernidad como es el de los primitivos, el de la “prehistoria” (absurdo nombre, por cierto, pues como si los útiles o el lenguaje simbólico no alfabético o las obras pictóricas no fueran instrumentos históricos) ha sido insistentemente falseado desde el cine (hombres de las cavernas conviviendo con dinosaurios), la televisión (véase Los Picapiedra, serie no exenta de mensajes antropológicos y sociológicos por doquier) y desde el mismo ámbito académico, lo cual resulta más peligroso al volcar la imaginación histórica a una aventura mental donde se pretenden sacar conclusiones por otro lado apresuradas y en la mayoría de ocasiones sin ningún fundamento que hacen hincapié en desentrañar la naturaleza íntima del hombre para reducir a éste a un mero conglomerado de entrañas, vísceras e intestinos y bajos instintos. De este modo y por lo general, el hombre primitivo ha sido presentado como una bestia salvaje con la lanza en ristre (en todos los sentidos) y dispuesto a matar y fornicar violentamente, y la mujer prehistórica como una hembra pasiva y sumisa ataviada con un bikini de esparto y sumergida en la cueva con las crías.

Con respecto a la mujer prehistórica conviene aclarar, al menos, dos puntos: por un lado, si atendemos a las estatuillas encontradas, parece que la mujer primitiva no tenía ningún tipo de angustia alimenticia, que era bastante oronda y que comía mejor que muchas mujeres (y hombres) actualmente. Por otro, la idea de que la mujer queda en casa encerrada para siempre jamás y el hombre viaja o emigra resulta errónea. Un equipo internacional de investigadores dirigidos por la Universidad de Colorado, mediante el estudio del esmalte dental de varios Australopithecus africanus y Paranthropus robustus (insistimos, robustus), procedentes de las cuevas surafricanas de Sterkfontein y Swartkrans, descubrió que más de la mitad de los dientes femeninos hallados se formaron lejos del lugar de nacimiento y crianza de esas mujeres (lo cual no quiere decir que el hombre no se aventurara al exterior, pero en esta región, al menos, en menor medida).

Otro estándar antropológico plenamente aceptado y curioso nos informa acerca de que las prioridades humanas naturales o necesidades básicas (y lo demás es convención social, como si ésta no fuera humana) son comer, dormir y copular (y el fútbol, que si lo hubiese ese día, tróquese la cosa por comer, beber y desmayarse y añádase como otra necesidad más básica agredir y vomitar, con perdón de los forofos pacíficos). Y otra vez, parece ser que no es así. Recientemente se han encontrado unas conchas que tienen un único agujero en el centro y perforadas por la mano del hombre en los yacimientos de Skhul, Israel, y Oued Djebbana, Argelia, que hacían las veces de adornos, lo cual indica un cierto grado, en mayor o menor medida, de desarrollo de pensamiento simbólico en nuestros ancestros.

Asimismo, otro canon más o menos aceptado y que procede de considerar, incluso desde las más altas esferas cientifíco-académicas al hombre y al animal como lo mismo, es que el humano no tiene moral, ya que ésta es otro invento social (como si los inventos sociales fueran inhumanos), y que por lo tanto no es ni bueno ni malo, sino un ser dominado por puros instintos y que no conoce la piedad, compasión o altruismo y que practica algo parecido solo por interés y por “egoísmo inteligente” (como si el egoísmo lo fuera). Y parece ser que, de nuevo, se equivocan. El anciano más antiguo encontrado en un registro fósil data de hace medio millón de años y se encuentra en Atapuerca. Se trata de un Homo Heidelbergensis de cuarenta y cinco años que padecía enfermedades degenerativas que le provocaban fortísimos dolores lumbares que le imposibilitaban caminar erguido, y por lo tanto, cazar y mantenerse con vida, con lo que hubiera muerto irremediablemente (se entiende que antes de su particular crisis de los cuarenta). Y no lo hizo, lo cual evidencia a las claras que fue ayudado por sus congéneres, probablemente, un grupo de cazadores nómadas, lo cual supone una doble ayuda, y desinteresada: tanto al anciano como al enfermo.

Tras lo expuesto, obsérvense las diferencias: obsesiones compulsivas (y no necesidades básicas) relativas al aumento de peso y la figura no solo en mujeres jóvenes, sino en amplísimas capas de la sociedad; la inexistencia de elogios o reconocimientos (o en todo caso, escasos) en los estudios de género a nuestras abuelas y bisabuelas como arquetipo de mujeres trabajadoras que laboraban tanto fuera como dentro de las cuevas; la sustitución de la confección de obras de arte propias por el WhatsApp; las pensiones a los jubilados y el trato general al anciano y al enfermo. Viendo este panorama, quizá tengan razón y seamos simples animales, así que comportémonos y actuemos como tales y acordémonos del famoso eslogan para convertirlo en un mantra: “ÉL NUNCA LO HARÍA”.

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