La importancia de traducir a Hugo

Lo fundamental para el éxito y la gran difusión de una obra literaria, un texto, o una simple idea, es que el mensaje se entienda. Para ello, debemos dominar el código en el que se escribió. En otras palabras, si una obra está escrita en un idioma, o con un sistema gráfico, etc., que no sabemos leer, nunca podrá ser interesante ni accesible para nosotros. Ese mensaje no podrá tener éxito en nuestra sociedad, a no ser que alguien lo traduzca a un código que dominemos. Una vez descifrado un texto, además, el receptor debe poder contextualizarlo para comprenderlo y disfrutar de su esencia. La idea que acabo de resumir fue una de las más valiosas que aprendí durante la carrera de Historia. Me la enseñó una profesora filóloga, por cierto.

Así se explican muchas cosas. Por un lado, que yo, que no hablo noruego ni sueco, no conozca prácticamente nada de la literatura, la música o las tradiciones folklóricas de la Península Escandinava. Recuerdo y reconozco algunos hitos: Ibsen, Abba, que comen salmón y que ganan mucho Eurovisión. Un escandinavo podría escandalizarse (y resultaría un escandalinavo) por mi reduccionismo geográfico, pero si no sabe español no lo hará. Por otro lado, explica mi total y absoluta satisfacción por transcribir o traducir un texto o documento antiguo. Esta labor de descifrado y transmisión es muy importante en el mundo académico. Sin embargo, en muchas universidades, la carrera de Historia forma a “profesionales” que no sabrán nunca descifrar ni traducir una fuente documental. Se gradúan y doctoran medievalistas que no saben ni latín, ni árabe, ni griego; modernistas que no saben leer un documento en letra cortesana, ni procesal. Y así llegan incluso a la cátedra. Recurren a ediciones, críticas o no, en las que depositan su fe acrítica, preguntan al archivero sobre la lectura de algo determinado, dan por supuestas cosas que no deberían, etc.

Por supuesto, la Historia no es el único campo en el que se crean fantoches; sólo quería poner un ejemplo. En realidad, lo que pretendía explicar es que esta falta de profesionales, como paleógrafos, filólogos e historiadores bien formados, tiene buena parte de la culpa de la mala imagen del periodo que se viene denominando Edad Media. Me sobrecarga que asociemos los problemas actuales a lo medieval, como si el mundo de hoy no fuera horrible por sí mismo, pero ese es otro tema del que quizás hable en otra ocasión. Manuales para opositores, síntesis de Historia de las ciencias, profesores y divulgadores coinciden: durante la Edad Media no salió el sol; una espesa niebla impidió que toda disciplina progresara. Ni siquiera el surgimiento de las universidades ni la difusión del papel, en sus postrimerías, atenuará sus estigmas.

Pues bien, hay multitud de escritos de autores medievales que, si fueran traducidos y difundidos, nos ayudarían a transformar el paradigma hacia algo más real y cercano a esos mil años. Precisamente, hoy quiero dar vida a Hugo de San Víctor. Este monje sajón, que vivió sobre la primera mitad del siglo XII, llevó a cabo su labor en la escuela de la Orden de San Víctor, en París, que fundada por Guillermo de Champeaux y constituye un precedente de la universidad. Pues bien, este erudito, amén de teólogo y filósofo cristiano, es autor del Didascalicon, que podemos definir como un compendio de saberes y hasta un precedente de la Pedagogía. En él, Hugo recomienda técnicas de estudio para sacar el máximo provecho en la lectura. Son muy extensos y curiosísimos los pasajes sobre los que podríamos tratar. Hoy, sin embargo, traigo un fragmento que he traducido personalmente sobre De humilitate, donde Hugo de San Víctor, advierte acerca de la soberbia que, aún hoy, muchos padecen en el ámbito universitario. Un mundo muy competitivo, donde muchos creen llevar la voz cantante de un Julio Iglesias de la ciencia, sin ser siquiera un Javi Cantero; un entorno donde muchos buscan el reconocimiento antes que el propio conocimiento:

El principio de la formación es la humildad, de la que, como existen muchos ejemplos, principalmente estos tres convienen al lector: El primero, que no considere ninguna ciencia, ningún escrito, despreciable. El segundo, que no se avergüence de aprender de nadie. El tercero, que cuando hubiera alcanzado el conocimiento no menosprecie a los demás.

Esto, el hecho de que quieren ser sabios antes de tiempo, engañó a muchos. Y, efectivamente, de aquí que estallen en una cierta hinchazón de arrogancia, de modo que empiezan entonces tanto a fingir lo que no son, como a avergonzarse de lo que son; y por esto se alejan más largamente de la sabiduría, porque no quieren ser, sino ser considerados, sabios. Conocía a muchos de tal tipo que, aunque todavía carecían de los primeros rudimentos, no se dignaban interesarse sino de los asuntos más elevados. (…)

El rey, después de la copa de oro, bebe del vaso de barro. ¿Por qué enrojecéis? Escuchasteis a Platón, escuchad también a Crisipo. Se dice en un refrán: “Lo que tú no supiste, quizás lo supo un borriquito”. No hay nadie a quien se haya atribuido saber todas las cosas (…)».

Hugonis de Sancto Victore Eruditionis Didascalice Libri Septem Liber Tertius. Caput XIV: De Humilitate.

¿Queréis saber más sobre Hugo de San Víctor? Podéis escuchar esta entrevista al Grupo de Estudios Medievales y Renacentistas (GEMYR) de la UNED, que han traducido recientemente el Didascalicon de Hugo en la Biblioteca de Autores Cristianos, reivindicando, precisamente, su faceta pedagógica. Porque, en efecto, muchas ciencias sí se desarrollaron durante la infravalorada Edad Media. Traducir a Hugo es importante para eliminar la pátina clasicista que impide brillar al medievo en nuestras sociedades postmodernas.

Didascalicon de studio legendi.

Traidor el traductor, sí, pero también un humilde difusor de ideas. Porque hasta Abba, desde Escandinavia, nos cantó en español. Porque, para que uno de cada cinco científicos descienda de Julio Iglesias, fue necesaria la traducción de sus temazos:

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