El absurdo musical: de Vainica Doble a The Beatles

Dance first. Think later. It’s the natural order.

Samuel Beckett

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La música constituye uno de los componentes más importantes en la construcción de nuestra identidad, y se ha convertido en uno de los motores más poderosos en la creación de vínculos sociales. Todo estilo musical arrastra, muchas veces a su pesar, una determinada etiqueta en el imaginario individual y colectivo. Claro está que no es lo mismo ni para uno ni para el resto escuchar a Bob Dylan o a Raphael, o al menos quien escucha a los dos no lo hace con el mismo objetivo. El mensaje de cada una de las historias breves que transmiten las canciones y su construcción es, en la mayoría de los casos, la razón de que sean escuchadas con mayor o menor seriedad. Sin embargo, una (que es muy fan de Dylan), se sorprende en más ocasiones cantando el Trololó o Bote de Colón de las que imaginaría. De una manera inconsciente, siento el deber de preguntarme por qué hay toda una serie de canciones que considero, a primera vista, tremendamente absurdas y, sin embargo, me encantan. Recorriendo un camino inverso, pretendo ofrecer un breve análisis de una lista de canciones de estilos y autores muy diversos que ejemplifican a la perfección a qué me refiero con absurdo, y cuyos contenidos van de la crítica irónica al vacío total.

Vainica Doble, Déjame vivir con alegría. Aunque se podría decir que cada una de las canciones de este grupo constituyen un canto espontáneo al stream of conciousness surrealista, este tema (versionado de maneras muy diferentes por Grupo de Expertos Solynieve y Nacho Vegas) constituye claramente uno de los más complejos en este sentido. Bizarro canto a la defensa de la identidad y la libertad personal con respecto al resto, puede convertirse en himno perfecto para expresar la misantropía que todo individuo siente en algún momento del día. A través de aserciones vitales expresadas a la perfección en frases como “Yo no cambio tu ananás por mi limón, yo no cambio tu salmón por mi salmonete”, Vainica Doble nos enseña a disfrutar de la vida con alegría sin hacer comparaciones con el resto, negándose a aceptar sin más las críticas basadas en la apariencia que continuamente nos lanza la sociedad. Una sociedad ante la cual debemos tener una actitud crítica, cuya idea de progreso es evidentemente falsa, pues Nihil novum sub solem, o lo que es lo mismo, “tu nuevo mundo yo descubrí con Colón”.

The Libertines ofrecen, en canciones como The Delaney o The Boy Looked at Johnny la descripción del camino opuesto, esto es, la del individuo que es incapaz de encontrarse a sí mismo. Existencialistas como pocos, logran hacer un resumen prácticamente perfecto del pensamiento sartriano en la segunda canción, cuyo protagonista pregunta con toda naturalidad: “Don’t you know who I think I am?” Esta desesperada búsqueda de identidad se refleja en una imposibilidad de lenguaje en The Delaney que es consecuencia de la imposibilidad de decision: “Say no, no, no. Say yeah, yeah, yeah. I said maybe maybe maybe. I just don’t care”.

El niño gusano es, en este sentido como Vainica Doble, uno de los abanderados de lo que podríamos llamar “absurdo ontológico” español. En Mr. Camping se toman más en serio que nadie la fragmentación y desaparición del sujeto posmoderno, que se autodestruye, como ya hicieron otros personajes del absurdo de principios del XX (el relato La carne, de Virgilio Piñera, quizá sea la referencia más directa), a través de un acto de retroalimentación sin precedentes. El uso de la ironía es precisamente el que hace que la metáfora sea aún más evidente, pues ellos eligen la lengua para empezar el festín. ¿Y tú, “si tuvieras que comerte, por dónde empezarías”?

Astrud son, sin duda, uno de los mayores representantes del “absurdo ontológico”, estilo mediante el cual llevan a cabo una clara crítica a la sociedad (Hay un hombre en España) y la cultura (Noam Chomsky, Los poetas) a través de un intrincado ejercicio de desmitificación. En El vertedero de São Paulo lanzan una clarísima crítica a la acumulación sin sentido propia de la sociedad de consumo mediante la enumeración de objetos absurdos (copias gratuitas de evaluación de Windows, egagrópilas de búho) y no tan absurdos (incunables, amatistas, millones de pesetas, plasma sanguíneo) que hacen del vertedero un lugar casi mítico al que dan ganas de ir en calidad de turista. Sin embargo, la crítica se hace efectiva cuando el que escucha comienza a darse cuenta de la cantidad de objetos inservibles que acumula en sus estanterías, pues al fin y al cabo, “el vertedero de São Paulo no es una metáfora, sino un vertedero que tienen en São Paulo”. En estos parámetros de consumo y neoliberalismo atroz, en cuyo centro el individuo lucha, como afirma Andrés Calamaro en Culo sin asiento, por “oportunidades a montones, o ninguna, o una sola por cojones”, abrazar el hedonismo parece una de las mejores opciones, como nos propone Vainica Doble, sometiendo a examen el disfrute de las experiencias cotidianas, tal y como hacen The Beatles (visionarios, cómo no) en All Together Now. Porque al final todas las respuestas son más fáciles si sabes con certeza que puedes comer un poquito más.

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