Ir al cine, esa expresión (Vol. II)

 Viene de Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

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La primera película que yo vi en el cine fue El jorobado de Notre Dame. ¿Recordáis cuál fue la vuestra? Habrá quien no recuerde este momento porque el cine, ese lugar, haya estado siempre integrado en su vida. Pero ¿habéis contemplado alguna vez a alguien mientras ve una película en el cine por primera vez? José Val del Omar participó en las Misiones Pedagógicas que, entre otras muchas actividades educativas en el ámbito rural, se encargaban de proyectar películas. A este “cinemista” le maravilló tanto la reacción del público, campesinos de diferentes edades prácticamente analfabetos, que se dedicó a grabar al público durante estas sesiones de cine.

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Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, España, 1973)

Siguiendo con estas primeras experiencias, Primo Levi nos cuenta el revuelo que provocaron las tres proyecciones realizadas por un cinematógrafo entre los soldados rusos en un campo de refugiados judíos:

Esta peripecia, típicamente individualista, elemental, y no mal contada, desencadenó en los rusos un entusiasmo sísmico. Una hora antes del comienzo, ya una multitud tumultuosa (atraída por el cartel, que representaba a la muchacha polinesia, espléndida y muy poco vestida) se apretaba contra las puertas; casi todos eran soldados muy jóvenes armados. Estaba claro que en el gran “Salón Colgante” no cabían todos, ni siquiera de pie; precisamente por ello luchaban encarnecidamente, a codazos, para conquistar la entrada. […]
Era como si los personajes de la película, en lugar de sombras, fuesen amigos o enemigos de carne y hueso.

La tregua, Primo Levi
(Quinteto, Barcelona, 2006)

Desde hace ya tiempo, no tiene nada de raro que una película esté rodada en una ciudad que conocemos o en la que incluso residimos, pero todavía se mantiene en el imaginario del cine una de sus funciones primigenias: acercar al “ciudadano corriente” lugares exóticos y lejanos a los que nunca viajaría. En el Doré los cuadros que acompañan la pantalla nos muestran una gran ciudad con rascacielos y otra de estilo oriental de un modo más arquetípico que realista. El cine consigue que ver El doctor Zhivago (David Lean, Estados Unidos, 1965) nos deje la sensación de haber viajado por Rusia, a pesar de que la película se rodara en España.

Otra de las funciones primigenias que cumplía el cine era la de ser ese lugar al que ir a meterse mano cuando todavía ni siquiera se podía ir a ver cómo actores hollywoodienses se daban el lote. Un dicho popular en el Madrid de comienzos del siglo XX era:

Cine Doré, entran dos y salen tres.

Y otro dicho popularizado por mi abuela es:

Fui al cine a ver Romeo y Julieta, y vi la mano que aprieta.

Esto no quita que haya y siga habiendo gente que va al cine sola, cosa que muchos interpretan como propia de personas con carencias afectivas y desórdenes emocionales en la antesala del suicidio. Bien, en ocasiones este diagnóstico puede ser certero. Hay personas —y personajes— que buscan esto, dejándose caer en cines acordes a su estado de ánimo:

Un piano tocaba una pieza monótona, con reminiscencias de Mendelsson. Craven ocupó su localidad, junto al pasillo, y al hacerlo percibió inmediatamente la soledad que le rodeaba. En la pantalla, una opulenta mujer vistiendo túnica, se retorcía las manos y se acercaba a un sofá con curiosos y bruscos movimientos. Se sentó en aquel y se quedó mirando al vacío, con expresión desesperada, a través de la maraña de su pelo negro y despeinado. […]
Craven empezó a mirar. Hileras de butacas vacías se extendían a ambos lados. No habría en el local ni veinte personas: unas cuantas parejas que musitaban algo, con las cabezas juntas y unos hombres solitarios como él, llevando el mismo impermeable barato.

Cuentos completos, Graham Greene
(Edhasa, Barcelona, 2011)

Pero, en la mayoría de los casos, son solo gente como usted y como yo —o eso oso a creer—, que consideran que el cine se disfruta más en soledad:

Cuando salí a la brillante luz del sol desde la oscuridad del cine tenía sólo dos cosas en la cabeza: Paul Newman y volver a casa. […] Me quedaba un buen trecho hasta casa e iba sin compañía, pero por lo general, suelo hacerlo solo, no por nada, sino porque las películas me gusta verlas sin que me molesten, para poder meterme en ellas y vivirlas con los actores. Cuando voy con alguien al cine me resulta un tanto incómodo, igual que cuando alguien lee un libro por encima de tu hombro. En eso soy diferente. […] Por un tiempo pensé que era la única persona del mundo que disfrutaba así. Así que me iba solo.

Rebeldes, Susan E. Hilton.
(Alfaguara,  Barcelona, 2002)

El cine, además, ha motivado auténticas peregrinaciones, pero aquí es obligatorio hacer un matiz: no todos los géneros cinematográficos ostentan tal meritorio título, solo el género erótico o, en su defecto, el pornográfico. En la década de los 60 y principios de los 70 Perpignan fue la Meca o plaza del Obradoiro de las películas subiditas de tono, cuando en España el único cine visible —que no el único producido— era el que le gustaba a José Manuel Parada.

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Maria Schneider y Marlon Brando en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, Italia, 1972)

Ir al cine da mucho juego porque nunca sabes con quién vas a compartir sala. La cosa va más allá de si alguien ronca o tose en los momentos clave. Yo he vivido ataques de risa colectivos —viendo Tiempos Modernos, precisamente la noche en la que se empezó a gestar este blog —, he visto a un hombre desmayarse ante la indiferencia de su mujer —y eso no formaba parte de la película por mucho que esta se titulara Mientras duermes—, una taquillera me ha invitado por no llevar dinero en metálico… Pero no todo en esta vida es alegría, ya nos gustaría. También ha habido escritores que han muerto de un infarto mientras veían proyectada la adaptación cinematográfica de su novela.

Boris Vian

Boris Vian, por cortesía de Memes literarios

Con todo y con eso, “ir al cine” es una de las expresiones con más encanto del castellano, solo superada, quizá, por “salir a bailar”. Que no caiga en desuso.

Y si no os gusta lo que os he contado, escuchad a Mecano.

 

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4 pensamientos en “Ir al cine, esa expresión (Vol. II)

  1. Yo no recuerdo cuál fue mi primera película, pero sí recuerdo que desde pequeña el dinero que me daban mis padres para pasar el fin de semana lo destinaba a ir los sábados la cine Cervera de Getafe , que era el más cercano. Desde entonces no he interrumpido esa rutina y he visto cómo se han ido cerrando cines y vaciando salas, y la gente de mi alrededor iba dejando de ir con argumentos sobre el precio de la entrada y lo fácil que es descargarse las películas, pero ¿Cómo disfrutar una película sin ese entorno mágico de oscuridad y emociones compartidas? Y esa sensación de extrañeza que ocurre cuando sales a la calle sin transición y te sumas, como perdida, a la gente que pasa por allí, noqueada por las sensaciones que acabas de vivir y que no has tenido tiempo de sacudirte. Ir al cine para mi se ha convertido en la expresión que utilizo todos los sábados cuando alguien me propone un plan, y yo le tengo que decir que ya tengo planes.

    • Realmente mi hábito de ir al cine es muy reciente, desde hace unos dos años. Antes raramente iba y eso mismo hacía que no tuviera ganas de ir. Ahora tengo pesar por el tiempo perdido y por ello no hay semana en la que no vaya al cine al menos una vez.

      Muchas gracias por comentar. Saludos.

  2. Pingback: Ir al cine, esa expresión (Vol. I) | Tiempostmodernos

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