Alegato contra la tibieza

Conozco tus obras: que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
Por eso, porque eres tibio, y no eres frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca.
(Apocalipsis 3: 15-16)

William Blake - Dante and Virgil at the gates of Hell

Cuenta Dante que al llegar al dintel de las puertas del infierno, nada más traspasar el umbral hacia su vestíbulo, comenzó a oír un violento tumulto de quejidos tan doloridos y airados que lo hicieron llorar. Cuenta que, cuando horrorizado le preguntó a Virgilio por la procedencia de tales lamentos, este le respondió que estaba escuchando a las almas de aquellos que vivieron “sanza infamia e sanza lodo” (Inferno III: 36), es decir, de quienes en vida no hicieron el mal ni el bien y, por ello, no merecen afrenta ni loa. Tienen estos vedado el ingreso celestial y son asimismo rechazados por el infierno: Dante, sin llegar al radicalismo rayano en lo barriobajero de la amenaza bíblica, está manifestando también su clara oposición a los tibios.

Considerar la tibieza un pecado es algo a lo que, en este mundo actual de corrección política y bienquedismo por defecto, no estamos en absoluto acostumbrados. Tememos ser tachados de radicales y, por ello, eludimos cualquier posicionamiento explícito, sobre todo si este supone inclinar demasiado uno de los platillos de la balanza. “Los extremos se tocan”, insisten —¿pero esos no son los extremeños de la película de Pajares?—  y parecen ignorar que “un mundo extremo exige posiciones extremas”.

No obstante, la negligencia —de la que sufren pusilánimes, indolentes y tibios, es decir, todos aquellos que no (nec) escogen (legō, legere)— era considerada por Santo Tomás de Aquino un pecado de omisión, que suponía no la transgresión de un mandato (como podría ser el “No matarás”), sino la omisión de un acto debido (por ejemplo: “Amarás al prójimo como a ti mismo”). Esta “desidia de la voluntad”, según señala en su Summa Theologiae, se opone a la prudencia, aquella virtud que Aristóteles juzgaba imprescindible para ser capaz de deliberar adecuadamente. Sí, el mismo Aristóteles que se esgrime como defensor supremo del “término medio” y, por ende, de los tibios. Solo malentendiendo la Ética a Nicómaco —o no habiéndola leído nunca— podremos equiparar la concepción aristotélica de la virtud con la tibieza: el filósofo dirá que la virtud es, ante todo, un hábito electivo, y que será la prudencia o phrónesis la que nos permita juzgar rectamente en cada caso y tomar la decisión que nos conduzca hacia el Bien y la felicidad, pues para llegar a estos no basta con abandonarse a la deriva, sino que hay que actuar, ya que

quizá no haya poca diferencia entre suponer que el Bien supremo consiste en su posesión o en su uso, y en un estado o en una actividad. […] Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), así también son los que actúan rectamente quienes pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida.

(Aristóteles, Ética a Nicómaco III, 8)

La toma de decisiones se convierte, pues, en una cuestión de trascendencia ética y como tal ha de ser juzgada. Sin embargo, la modernidad nos ha acostumbrado a situarnos más allá de la moralidad —no es casual que el iconoclasta Nietzsche titulara al texto de 1886 en el que renegaba de la jerarquía de valores heredada del judeocristianismo Más allá del bien y del mal— o, quizá acordando con Kierkegaard, más acá. En O lo uno o lo otro (1843), el pensador danés defiende que es la elección la que nos constituye como seres humanos y subraya la importancia de darse cuenta de que no todo tiene el mismo valor, marcando la distinción entre el hombre del estadio éticoque asume la responsabilidad derivada de su libertad electiva y se hace cargo de ella, y el hombre que todavía se encuentra en el estadio estético y no se compromete con sus decisiones, tomándolas desde una cierta indiferencia y malgastando así su vida. “Quien se pierde en su pasión pierde menos que quien pierde su pasión”, dirá el bueno de Søren.

Es sin duda tentador abandonarse al hedonismo y proclamarse esteta, eludir cualquier compromiso ético y ensalzar como modelos de conducta a los antihéroes existencialistas, quienes convirtieron la indiferencia en el único motor para sus absurdas vidas. Pero no debemos olvidar que el existencialismo, que no fortuitamente tiene a Kierkegaard como padre, se funda en la archiconocida sentencia sartriana de que “estamos condenados a ser libres”: renunciar a la heteronomía moral implica conquistar una autonomía que necesariamente ha de ir acompañada de una serie de responsabilidades. Y, entre ellas, se encuentra la necesidad de elegir, aunque lo que elijamos sea, precisamente, la indiferencia. Uno no se resigna al absurdo, sino que lo acepta y escoge —según defiende Camus en El mito de Sísifo—; a uno no le aplasta “la tierna indiferencia del mundo”, sino que se abre a ella, cual Meursault condenado a muerte. Incluso en el I would prefer not to de Bartleby, ejemplo por excelencia de la inacción, está puesto de relieve el verbo preferir. El ejercicio de la libertad —siempre que esté debidamente asumido y sea conforme a la propia voluntad— nos distancia de la tibieza; y hasta la negligencia, mirada desde esta óptica, reviste un componente ético. Escogemos no escoger y, paradójicamente, con ello estamos escogiendo, pues como señala Mario Levrero en su relato “Siukville”:

No esté tan seguro, Karl. Y, de todos modos, se necesita tanto valor para tomar una decisión como para no tomar ninguna. Recuérdelo, Karl: el tiempo pasa, y no tomar decisiones equivale a tomar la decisión más terrible.

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