Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

cine callao

“… y yo no puedo querer de veras a nadie que en algún momento del día o de la noche no se enloquezca de alegría porque en el cine de la esquina dan una de Buster Keaton, algo así.”

El libro de Manuel, Julio Cortázar
(Alfaguara, 1998)

Cada vez hay más tiendas de ropa y menos cines y teatros. Como todos hemos oído, o incluso dicho, la gente va poco al cine porque es caro. Sin embargo, que haya alternativas que todos conocemos, y de las que muy pocos están libres de pecado, demuestra que no se han dejado de ver películas. Si se tiene en cuenta que a una entrada de cine se le aplica el 21% de IVA, hay un primer obstáculo para que el cine sea asequible. Sin embargo, muchas cines de estreno están lanzando varias ofertas especiales para abaratar el precio de la entrada. Además, en Madrid hay varias salas en las que se pueden ver películas por poco dinero o incluso gratis (Cine Doré, Sala Berlanga, Academia del Cine, etc.). Ir al cine nunca tiene que ser un lujo.

Dejando a un lado los siempre turbios datos económicos, hay más razones por las que ir al cine. Ver una película en una sala de cine es verla en un lugar que ha sido creado especial y exclusivamente para ese fin. Cierto es que a raíz de la difusión de la televisión, hay muchas películas que, al margen de que esto coincida con la intención del director o no, podemos verlas en pantalla pequeña y no perdernos nada. Esto no quita que las películas, por norma general, estén pensadas para verse en una pantalla de cine. ¿En dónde nos van a impresionar más ciertas escenas, como pueden ser las panorámicas en plano secuencia de Paisaje en la niebla (Theo Angelopoulos, Grecia, 1988), los primeros minutos de Persona (Ingmar Bergman, Suecia, 1966) o la escena del bautizo de El padrino (Francis Ford Coppola, Estados Unidos, 1972), que en una pantalla gigante situada en un espacio asimismo grande? Hay que dar gracias a George Méliès porque existan cines donde echen películas que tienen ya unos añitos, y no solo porque sean los más baratos.

Pero ir al cine no es sólo una cuestión de espacio, también lo es de tiempo. Ir al cine es aceptar voluntariamente un secuestro, es estar encerrado unas pocas horas sin poder hacer otra cosa más que ver la película. Mientras estamos en el cine, se suspende el tiempo cronológico, de reloj y calendario, y rige el tiempo que marcan el propio tiempo y el ritmo de la película. En el cine no existe la opción de darle al pause si entra hambre o si se tienen ganas de hacer pis.

Ir al cine es, en palabras de Fernando Fernán Gómez:

Cuando amábamos el cine, cuando no simplemente “nos gustaba”, sino que estábamos enamorados de él, el cine no se limitaba a la película, como hoy podemos verla en el televisor, sino que empezaba en la mañana del domingo, al recorrer en pandilla los cuatro o cinco cines del barrio para elegir la película. Luego, después de comer, se iba en grupo desde la calle hasta el cine […]. Y luego, sí, la película con las aburridas escenas de amor, las trepidantes persecuciones, la llegada de los buenos coreada con gritos y aplausos; y la vuelta a casa, ya entre dos luces, explicando los más listos a los más torpes lo que éstos no habían entendido de la intriga. […] Los chicos del barrio sabíamos que aquellos sueños de papel de plata que desfilaban por la pantalla se convertirían en realidad para nosotros el día de mañana, que aquella era la vida que nos aguardaba.
Más adelante, el cine, los locales de cine, fueron nuestro jardín de Verona. En su oscuridad fuimos Romeos y Julietas en los tiempos nefastos en que el amor, como casi todo, estaba perseguido.

“Amor al cine”, Desde la última fila.
(Espasa-Calpe, 1995)

Me despido haciendo un Lars von Trier: el artículo sería una “versión (demasiado) extendida” como para publicarlo de una vez, así que, próximamente en Tiempostmodernos podréis leer Ir al cine, esa expresión (Vol. II). 

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2 pensamientos en “Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

  1. Pingback: Ir al cine, esa expresión (Vol. II) | Tiempostmodernos

  2. Ir al cine está sobrevalorado. Ya nadie respeta siquiera el V.O. La gente va a ver la última de Lars (Bluf) Trier con palomitas crunches y tigretones. Una auténtica polifonia bajtiana llena de chocolates y vulgaridades azucaradas. ¿Dónde está la austeridad espartana del espectadorde antes? ¿El recogimiento interior del espectador devoto?

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