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Son varias las posibles razones que alientan la publicación de una crítica cinematográfica. Entre ellas puede estar, por ejemplo, la de dar salida a un ingenioso juego de palabras, o bien la de denunciar la repetición ad nauseam de los estereotipos del heteropatriarcado. Como en Tiempostmodernos ambas necesidades nos parecen tener el mismo peso, hemos decidido hacer pública la opinión que a varias de las tiempostmodernas nos mereció la película Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013), que, a diferencia de lo que probablemente su director habría querido, no nos hizo desarrollar ningún tipo de síndrome de Estocolmo durante la hora y media que permanecimos secuestradas en la oscuridad de la Sala Berlanga.

Sabíamos sobre Stockholm que era una obra low cost —y para continuar con los anglicismos: financiada por crowdfunding— de un joven director, nominado a los últimos premios Goya por mejor dirección novel, lo que en un principio consideramos alicientes para ir a ver la película. Sabíamos también que sus dos protagonistas, Aura Garrido y Javier Pereira, habían sido nominados a los mejores actores revelación y que él había incluso ganado el Goya. Y sabíamos que plasmaba una historia romántica “hiperrealista” vista bajo el prisma de nuestra idiosincrasia generacional: veinte o treinta-y-poco-añeros de la noche madrileña, supuestamente ansiosos por encontrar en cada novela, película o serie un reflejo de lo que nos define como nueva “generación perdida”.

Desconocíamos, sin embargo, que lo único que nos gustaría de la película sería la azotea con vistas a los tejados del centro de Madrid —aunque en ella sucedan cosas más siniestras que esos frívolos guateques con el Coliseo de fondo que Sorrentino nos brindaba en La gran belleza—, el atuendo de la protagonista, la luminosa casa de paredes blancas a la que a todos nos gustaría regresar a tomar el último gin tonic de la noche y el café de primera hora de la mañana. Desconocíamos que esos 90 minutos de metraje iban a servir para perpetuar, como si acaso la tradición no pesara suficiente, los clichés de las relaciones ella-él, las polaridades, el tópico de “los hombres son de Marte, las mujeres de Venus” que viene a traducirse en “todos son unos cabrones, todas unas histéricas”.

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Puede parecer que los protagonistas son personajes redondos que, tras el largo fundido en negro como elipsis del acto sexual, invierten sus funciones acerca de quién es el dominante y quién el dominado. Sin embargo, los personajes siguen siendo igualmente estereotípicos y se comportan consecuentemente a su rol atribuido “en virtud” de su sexo, insistimos: él es el fucker que luego, después de follar, se porta como un cabrón; ella es la estrecha que luego, después de follar, se porta como una histérica. Añadiéndole el hecho de que ella— no iba a ser él, ¿no?—es una persona que tiene falta de afectividad y por eso actúa de un modo enfermizo, acentuando los estereotipos de persona que tiene un trastorno del estado de ánimo. No sabemos hasta qué punto esta sería la intención del director, mantengamos el beneficio de la duda pese a todo, pero cuesta no pensar que en la película no haya una moraleja que haga ver lo desaconsejable de los amores de barra. Vete tú a saber con quién te puedes encontrar, las cosas no son lo que parecen, ¡Johnny, la gente está muy loca!

Estamos convencidas de haber visto películas con errores de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, pero bien por no ser estos tan evidentes o bien porque la historia y la maestría de los actores los disimulan, no solemos detectarlos. El poco interés que sentimos por Stockholm casi desde el comienzo de la película hizo que rápido se rompiera el pacto de ficción y viéramos la película no como una historia “real”, sino como un objeto construido artificialmente por piezas que chirrían. Véase a ella saliendo de la casa de él sin coger el abrigo y teniéndolo consigo en la siguiente escena, y véase también a él bajando por un café desde la azotea a su piso, para subir minutos más tarde sin él. Estas pequeñas piezas que chirrían son la gota que stockohlma el vaso de una suerte de ritmo narrativo lento hasta la exasperación; ese truncado conocerse entre los dos jóvenes que no terminaba de suceder, en el cual a una le daban ganas de levantarse frenéticamente de la butaca para gritar: “¡Coño, enrollaos ya!”. La historia de un joven aguerrido y descarado que para conquistar al polvete de la noche se lanza a perseguir a esa muchacha misteriosa y esquiva por varias calles del centro de Madrid (el paseo que se da la chavala es considerable y, qué raro, no se encuentra con un sólo transeúnte en una presumible saturday night) parece que llega a su punto más álgido cuando él consigue que la muchacha entre en su casa (¡Bieeeeen!) y decide libremente tomarse esa copichuela (ojo, aquí aparece la dimensión sutilísima del alcohol como posible desinhibidor sexual, no se nos pasa por alto, no, que la chica se lo piensa, a ver si a estas alturas del partido vamos a hacer algo de lo que mañana podamos arrepentirnos por ir más pedo que Alfredo, ¿eh?). Sorogoyen, que ya vamos teniendo una edad.

Por supuesto, habrá a quien le haya encantado la película. El espectador que se sentó detrás de nosotras se quejó de que nos hubiéramos reído en un drama. Señores, riámonos de lo que nos dé la gana. La risa es una emoción más, bienvenida sea. Bien contento tendría que estar Sorogoyen (que no merece un Sologoya) de que, al menos, su creación no deje a uno impertérrito o, lo que es peor, suscite esa reacción de levantarse a los 10 minutos de la película y marcharse, como hizo una inteligente espectadora dos butacas más allá.  Nosotras vemos drama en La lista de Schindler, no en Stockholm. Es difícil sentir como un drama las desgracias ajenas cuando los personajes no suscitan la más mínima empatía. Es más, los diálogos de la secuencia en la que los personajes están llevando a cabo la labor de “pelar la pava” dan vergüenza ajena. Pero realmente el problema que hemos tenido con Stockholm va más allá de una cuestión de gustos. Las mismas que ahora escribimos fuimos juntas a ver La espuma de los días (Michael Gondry, 2013) y no nos gustó. El problema de la ópera prima de Sorogoyen no es que no nos haya gustado, cosa fácilmente asumible, sino que nos ha enfadado muchísimo, que hemos salido del cine preguntándonos qué hemos hecho nosotras para merecer Stockholm.

Dios-Naturaleza en Goethe. Un homenaje a Fritz-Joachim von Rintelen (II)

Viene de Dios-Naturaleza en Goethe. Un homenaje a Fritz-Joachim von Rintelen (I)

Acción y efectos de la naturaleza

La idea de perfección en Leibniz está directamente emparentada con la de Goethe, y supone la síntesis de la armonía, grandeza y beldad. “Los conceptos de ser y perfección se identifican. Si seguimos este pensamiento hasta tan lejos como sea posible, decimos que pensamos lo infinito”. Las cosas son limitadas, pero todas miran y se orientan al infinito de la perfección. No siendo sumas o partes del infinito, “participan” de él, y la naturaleza encauza este impulso vibratorio estructurándolo y dirigiéndolo suavemente. Empero, el producto último de la naturaleza, el hombre bello, no puede durar mucho en la perfección, más que en instantes que son como destellos: “perfección es norma del cielo; perfecto querer es norma del hombre”. El particular y restrictivo modo de ser del hombre evita su perduración en lo perfecto. “Todo lo perfecto en su especie tiene que sobrepasar esa especie, tiene que devenir algo distinto, incomparable”, nos dice Goethe, afirmando así que lo entitativo es progresivamente ascensional, descubrimiento que en ningún caso se basa en una revisión de los antiguos, sino en su personal, profunda y directa observación de la naturaleza (confirmando objetivamente, además, el hecho). La planta tiende a ascender hasta el animal, y en palabras de von Rintelen, “el ruiseñor con su gorjeo sobrepasa a su vez casi al animal”. El hombre, de este modo, se eleva hacia lo espiritual, hacia la forma de ser más elevada, en definitiva, hacia la perfección. Y si el hombre es la cima de la naturaleza, debe asimismo perfeccionarse espiritualmente con el apoyo de la naturaleza:

Das sein is ewig; deen Gesetze                                 El ser es inmortal, que leyes hay

Bewahren die lebend gen Schäze                              que celosas custodian los tesoros 

Aus welchen sich das All geschmückt…                   Vivos que al todo sirven de ornamento

Vernunftosei ueberall zugegen                                 Sé doquier razonable

Wo Leben sich des Lebens freut.                              Allí donde la vida en sí se alegra.

Nach ewigen, ehernen,                                             Según eterna, férreas,

Grossen Gesetzen                                                   incontrastables leyes

Müssen wir alle                                                     todos, todos debemos

Unseres Daseins                                                    sin excepción alguna

Kreise vollenden.                                                    la órbita recorrer, fácil o abrupta.

Acción espiritual-divina en la naturaleza

La naturaleza es vida y alma penetrada por el aliento y ley del espíritu, y lo espiritual, en formas suprasensibles, regula la realidad vital. Con el espíritu generando y dirigiendo desde dentro, von Rintelen concluye que “los elementos eruptivos son conjurados por la naturaleza sin coacción externa”, ya que tal y como nos dice Goethe: “Ella configura, regulándola, toda figura y aun en lo grande no es violencia”. Estas leyes divinas están más allá de toda mudanza:

Und es ist das ewig Eine,                                          Lo único y eterno

Das sich vielfach offenbart;…                                    se revela en modo vario;…

Immer wechselnd, fest sich haltend.                             Siempre cambiando de forma,

                                                                          Nunca su esencia cambiando.

La ley supratemporal del espíritu recala en la esfera de lo humano proporcionando límites contra el desboque de los instintos y el pathos y propiciando libertad, y, situada en el fondo de lo originariamente vital, condiciona el devenir:

Ewig natürlich, bowegende Kraft,                                   Allí de natura la fuerza creadora,

Göttlich gesetzlich entbindet und schafft;                          según ley divina, sin cesar labora;

Trennendes Leben, im Leben Verein,                              separa y reúne (tal es su trabajo),

Oben die Geisler und unten der stein.                              arriba las almas, las piedras abajo.

Y si la ley trae la regularidad incondicionada, la idea nos da el hontanar y la fuente de la que rebosa el orden de lo espiritual y su producción. Lo que con idea y su mutación estructural quiere referenciar Goethe se deja ver en su doctrina de la planta originaria y el fenómeno originario, punto candente, junto a la teoría de los colores, de su interés por la naturaleza. La metamorfosis genética de las plantas (nunca en un sentido darwiniano) permite reconocer una idea configuradora interior. En el fundamento de todo cambio yace un tipo de planta originaria “y la forma más extraordinaria conserva aún en secreto su arquetipo”. En el principio y en el fin la planta es solo hoja, pero “el cuerpo originario idea” es la “forma esencial con la que la naturaleza tan sólo juega, y jugando produce lo múltiple”, esto es, en el fenómeno surge para Goethe una realidad espiritualmente más profundamente arraigada. Lo afirmado sobre la planta originaria puede extenderse a las revelaciones espirituales de la idea en lo visible, a los fenómenos originarios. Se trata de ideas manifiestas y no de abstracciones en el sentido hegeliano; es el “fenómeno fundamental dentro de lo múltiple” que conserva siempre e irremediablemente el arquetipo dentro de la diversidad. Y esta idea originaria se presenta también en los dominios ético-espirituales como la más alta “razón” en contacto con la divinidad. La arquitectura escalonada de la naturaleza es llevada por el espíritu vivo, lo que permite al todo transmitirnos la vivencia de un mundo suprasensible que es posible captar en forma de ley, idea y fenómenos originarios imperecederos. Lo que no le pertenece se hunde, pues, en la transitoriedad. Lo “transitorio es nada más que símbolo”. “Si en lo interminable fluye repitiéndose siempre lo mismo” algo eterno reposa detrás. Y eternas son las ideas sin tiempo. El hombre se encuentra en un estadio intermedio, y contempla sólo el “reflejo”, aunque sabe del espíritu superior. Por ello, en su variabilidad irrumpe la constancia de lo eterno, siendo temporal e intemporal a la vez (multiabarcador, y en lo profundo, así, eterno). De esta manera podemos hablar también de una eterna presencia en la naturaleza. Pero, ¿qué es lo eterno?

Lo eterno

Hildebrandt señala que lo eterno no está allende, sino aquende, y con estos términos espaciales se distancia de la idea goethiana de eternidad. La exención temporal señala el más alto rango del cual emerge la “intención” de Dios desde las entrañas de lo arcano hasta la finitud. Así, solo el presente perfecto permite vislumbrar el resplandor de la eternidad, que puede ser captada y aprehendida en un solo momento fluyente de un instante pleno. La experiencia del instante puede vivenciarse de tres formas: como plenitud sensitiva, impulsiva, en su instante vertical; como génesis cósmica donde se hacen tangibles las potencias espirituales; lo que adquiere acento de eterno en el instante significativo (y también eterno). Efectivamente, hay instantes limitados temporalmente pero determinantes de toda una vida, lo que da sentido a la frase de Goethe limitarse es extenderse: no es dable para el hombre sobrepasar lo espacio-temporal, pues de otra manera nuestro modo de ser no captaría lo eterno en el instante, vivo, divino. “Solamente en instantes puede dársenos plenamente nuestra naturaleza divina en su afán hacia lo alto”, viva, divina.

Dios-Naturaleza en Goethe. Un homenaje a Fritz-Joachim von Rintelen (I)

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                                                                                          Alma del mundo, penetradnos!

                                                                               Que es el unirse contigo,

                                                                                    De nuestra fuerza la meta.

                                                                                             Johann Wolfgang von Goethe.

Con motivo de la muerte, tal día como hoy, 23 de febrero, del grande filósofo alemán Fritz-Joachim von Rintelen, le rendimos desde aquí nuestro humilde homenaje en razón de dos motivos: por su vívida captación de la filosofía goethiana y por la erección de una filosofía propia, que resulta ser una resemantización del antiguo e interior pensamiento cristiano.

Dios-naturaleza en Goethe

La filosofía profunda de Goethe se puede calificar como netamente auténtica, dado que su origen se halla en la vivencia más abisal que este experimentó: la de su vínculo, llegando al punto de fusión, con la naturaleza (otorgada por Dios). A partir de su personal experiencia, Goethe concibe la realidad como esencialmente unitaria, pero trina en su despliegue, situando el espíritu arriba, el hombre en el centro, y la naturaleza abajo y en mutua aleación y participación recíproca. Es precisamente la simbiosis entre el espíritu, la naturaleza y el hombre la que permite la revelación del Todo a través de la naturaleza una. Esta captación no surge desde el estudio de la naturaleza mortecina o ya cadáver, sino desde la amistad y entrega devota a la naturaleza viviente. Es por ello que Spranger habla de devoción cósmica en Goethe, cuestión cierta y plenamente válida siempre que la palabra cosmos mantenga un sentido lo suficientemente amplio y elevado. Yo mismo estoy saturado por este misterioso movimiento hacia el universo e intento introducirme en el sentimiento propio hasta la extinción en él, manifiesta Goethe, mostrando a su vez el sentimiento abismal del Todo y la plenitud del asimiento de Dios:

Weltseele, komm uns zu durchdringen!                                                 Alma del mundo, penetradnos!

Dann mit dem Weltgeist selbst zu ringen,                                             Que es el unirse contigo,

Wird unserer Kräfte Hochberuf.                                                         De nuestra fuerza la meta.

Concepción goethiana de la naturaleza

La naturaleza es nuestro camino a lo eterno y la sentimos como vital-pulsante y no como mecanicista. A su manera es perfecta y buena, y en ella se ordenan y superan las tensiones y polaridades. Y si es misteriosa e insondable, traspasando su velo se transparenta en su movimiento polar, ondulante, en su sístole y su diástole, en su tensión y distensión, en la fluctuación y propulsión, lo perenne eterno, encontrando la presencia de Dios como espíritu hecho naturaleza. Lo propiamente divino en la naturaleza es la vida (orgánica), consumación y síntesis de lo perfecto y fundamento último y más elevado de la realidad. Es también el prototipo del espíritu, que es amor y bondad. La arquitectura escalonada de la naturaleza, al ser penetrada, venerándola, nos eleva hacia la visión de un signo espiritual cada vez más visible que irrumpe en instantes de gracia donde se vislumbra ya un fundamento ideal e imperecedero en los fenómenos originarios, desde donde el hombre puede acceder a lo divino. El mundo es movimiento intensivo-extensivo cuya raíz es amor y espíritu, como en su extroversión demuestra, siendo la naturaleza la Gran Madre protectora y receptiva que da a luz al mundo fenoménico y lo sostiene recta y desinteresadamente. Esta vida natural se manifiesta en el ritmo del ser, en la inspiración y la espiración del mundo, en los estremecimientos eruptivos, en su grandor humilde y modesto, en la plenitud selvática, en las sacudidas del paisaje, en su belleza sin adornos, en su cuidado de todos los seres:

Nun glühen schon des ParadisesWeiten                                         Ved cómo con fulgores policromos

In überbunter Pracht.                                                               el paraíso resplandece ya.

La naturaleza, en su radiante transfiguración, irradia cualidades anímicas y es una fuerza espiritual preñada de divinidad. Este carácter de la naturaleza redirige al hombre a la alegría, entendida bajo la filosofía de von Rintelen (y la de Goethe) no como un talante, sino como un estado sereno que permite la comprehensión de valores trascendentes, y que por tanto, lleva a la Verdad, Belleza y Bien, siendo así “alegría substancial” y madre de todas las virtudes, apartándose con ello de la mirada kantiana de la naturaleza, que solo la observa y desde fuera. La alegría es un obsequio de las fuerzas hacedoras de la natura creatrix y de Dios, con lo que podemos (¿acaso debamos?) abandonarnos en su seno y dejarla obrar en pleno éxtasis en nuestra más profunda intimidad. Si la naturaleza es buena, a su vez es bella, y la concordancia entre lo bueno y lo bello condiciona lo armónico y perfecto. Por eso, la “síntesis: mundo y espíritu, nos proporciona la más bienavuntarada certeza de la eterna armonía de la existencia”: “Heilig Gefúhl-Unendliche Schoene” (“Sentimiento Sacro-Beldad Infinita”). Estas ideas nos remiten a Leibniz y a la segunda cuestión.

Sigue en  Dios-Naturaleza en Goethe. Un homenaje a Fritz-Joachim von Rintelen (II)

Los no lugares de Augé: espacios del anonimato

En esta basura pétrea, ¿qué raíces prenderán?
¿qué ramas crecerán? Hijo de hombre,
no lo puedes decir ni adivinar, pues conoces sólo
un montón de imágenes rotas donde el sol golpea
y el árbol muerto no resguarda, el grillo no da alivio,
ni la piedra seca suena agua.

La tierra baldía, T.S.Elliot
(Cátedra, 2009)

¿No os ha pasado alguna vez que después de salir de un centro comercial o de un avión habéis tenido una extraña sensación? Algo así como de no-soy-yo, de sinser, de haber estado observando el mundo como si este se hubiera transformado en una gran pantalla de cine o de haber sido mandado a otra dimensión.  Si no os ha pasado alguna vez es que habéis tenido la suerte (o la desgracia, depende de la relatividad con la que se mire) de no haber permanecido durante mucho tiempo en alguno de estos no lugares. Si es que sí, y la duda  no os deja conciliar el sueño, aquí podréis encontrar respuestas (o más preguntas) a esta intensa incertidumbre existencial.

Vivimos en un tiempo muy paradójico, en el que muchas cosas se nos presentan como tal, pero, como diría Isabel, una de las vecinas de Valencia de Callejeros, “sin ser nada de eso”. Un ejemplo muy claro de esto podría ser la leche sin lactosa o el café descafeinado.

Algo similar pasaría con los lugares. Para Marcel Mauss un lugar sería aquel donde la cultura se encuentra localizada en el tiempo y en el espacio. Partiendo de esta definición, Marc Augé le añade tres rasgos comunes: identificatorios, relacionales e históricos. Para una mejor compresión lo presenta como algo geométrico que podría definirse también como la línea (itinerarios con caminos o rutas que nos llevan de un espacio a otro, que han sido trazados por los seres humanos), la intersección de líneas (encrucijadas, lugares donde las personas se cruzan) y el punto de intersección (lugares donde las personas se encuentran y se reúnen, que fueron diseñados con el fin de responder a una serie de necesidades, como podían ser los mercados, los centros políticos o religiosos). Estos itinerarios, encrucijadas y centros de reunión no pueden entenderse de forma aislada, pues están relacionados de modo que dentro de los primeros podemos encontrar cruces que nos lleven a los centros de reunión.

Partiendo de esta base, Marc Augé nos presentaría los no lugares como espacios que no son identificatorios, tampoco relacionales ni históricos. Dicho con las palabras del antropólogo francés en su libro Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad:

“los no lugares son instalaciones necesarias para la circulación de personas y de bienes (vías rápidas, empalmes, aeropuertos) como los medios de transportes mismos o los grandes centros comerciales o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan a los refugiados del planeta”

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Pero estos espacios no han existido hasta hace poco, sino que son fruto de la sobremodernidad. Esta, a su vez, sería consecuencia de una superabundancia de acontecimientos, ya que en la actualidad el tiempo no se presenta lineal y no lleva a un progreso de la humanidad como se creía en tiempos de la modernidad,  sino que continuamente estamos siendo testigos de una superabundancia de información, y por ello nosotros tenemos la necesidad de darle sentido al mundo, pero no al pasado ni al futuro, sino al presente. Esto también es consecuencia directa de la elevada esperanza de vida que se está dando en el mundo occidental, lo que conlleva la coexistencia de hasta 4 generaciones a la vez, lo cual amplia la memoria colectiva genealógica e histórica, y puede llevar a la sensación de que su historia atraviesa la Historia.

También sería consecuencia de un exceso del espacio, teniendo por un lado los medios de transporte que llegan a cualquier lugar recóndito del planeta, y por otro las imágenes que llegan a nuestra casa a través de los medios de comunicación. Esto supondría además un aumento considerable de las referencias imaginarias e imaginadas, la aceleración de los medios de transporte, las concentraciones urbanas, el traslado de las poblaciones y la multiplicación de los no lugares.

Otra consecuencia directa sería una individualización de las referencias. Esto significa que, en esta sociedad occidental en la que el ser humano, como individuo, se cree un mundo, se presentan sistemas locales que dan lugar a las categorías de la identidad y de la alteridad. Es decir, se hace caso a la singularidad como respuesta (o necesidad) del individuo occidental ante la homogenización o globalización de la cultura, creándose de esta forma, por ejemplo, tribus urbanas.

Resumiendo todo lo anterior, esta sobremodernidad de la que estamos siendo partícipes en los últimos tiempos, nos haría establecer una nueva relación con el tiempo y con el espacio, y también con nosotros mismos, creándonos nuevas identidades ante la necesidad de explicarnos este exceso de información que nos hace ser partícipes de un mundo al que nosotros nos creemos pertenecer como meros espectadores.

Esta sensación de mera expectación, de falta de pertenencia y de identidad se llevaría al extremo en estos no lugares. Allí los individuos son anónimos aunque para ello previamente deban presentar su identidad, como es el caso del pasajero antes de subir al avión o cuando el cliente del supermercado paga con tarjeta de crédito o también como el usuario de la autopista. Estos no lugares serían espacios del anonimato por lo tanto, donde los seres humanos dejarían su identidad aparte, se comportarían de un modo estipulado y se encontrarían con gente que, si fuera de otro modo, no se hubieran encontrado  ni coincidido en su vida. Durante el tiempo que pasamos en los no lugares dejamos de pertenecer a este mundo, y pasamos a ser meros espectadores donde se nos presentan imágenes o alusiones de este, como pueden ser fotos de lugares exóticos en los supermercados o alusiones a sitios de interés cultural o ciudades próximas en los carteles de las autovías.

Si me permiten mi osadía, y esto obviamente no es lo que dice Augé, los no lugares son el puro reflejo de esta, nuestra sociedad occidental: elementos que parecen pero no lo son, cosas que lo son pero no lo parecen, una liberación de tu identidad para que te olvides de tu vacío existencial o tu culpa y te entregues al consumismo, evocándote a través de fotografías y/o palabras, imágenes de mundos recónditos o de necesidades que por ti solo no se te habrían ocurrido, para hacerte ver que es el fin por el que trabajas todos los días, que es tu decisión. Y así hacerte parecer libre, parecer libre de tomar direcciones que van formando tu camino.

Después de toda esta filípica que os acabo de echar, sólo me queda añadir esta fantástica canción de los Lendakaris Muertos para que quede todo dicho, porque el que calla otorga y el que tenga algo que decir, que tire la primera mano.

Ir al cine, esa expresión (Vol. II)

 Viene de Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

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La primera película que yo vi en el cine fue El jorobado de Notre Dame. ¿Recordáis cuál fue la vuestra? Habrá quien no recuerde este momento porque el cine, ese lugar, haya estado siempre integrado en su vida. Pero ¿habéis contemplado alguna vez a alguien mientras ve una película en el cine por primera vez? José Val del Omar participó en las Misiones Pedagógicas que, entre otras muchas actividades educativas en el ámbito rural, se encargaban de proyectar películas. A este “cinemista” le maravilló tanto la reacción del público, campesinos de diferentes edades prácticamente analfabetos, que se dedicó a grabar al público durante estas sesiones de cine.

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Ana Torrent en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, España, 1973)

Siguiendo con estas primeras experiencias, Primo Levi nos cuenta el revuelo que provocaron las tres proyecciones realizadas por un cinematógrafo entre los soldados rusos en un campo de refugiados judíos:

Esta peripecia, típicamente individualista, elemental, y no mal contada, desencadenó en los rusos un entusiasmo sísmico. Una hora antes del comienzo, ya una multitud tumultuosa (atraída por el cartel, que representaba a la muchacha polinesia, espléndida y muy poco vestida) se apretaba contra las puertas; casi todos eran soldados muy jóvenes armados. Estaba claro que en el gran “Salón Colgante” no cabían todos, ni siquiera de pie; precisamente por ello luchaban encarnecidamente, a codazos, para conquistar la entrada. […]
Era como si los personajes de la película, en lugar de sombras, fuesen amigos o enemigos de carne y hueso.

La tregua, Primo Levi
(Quinteto, Barcelona, 2006)

Desde hace ya tiempo, no tiene nada de raro que una película esté rodada en una ciudad que conocemos o en la que incluso residimos, pero todavía se mantiene en el imaginario del cine una de sus funciones primigenias: acercar al “ciudadano corriente” lugares exóticos y lejanos a los que nunca viajaría. En el Doré los cuadros que acompañan la pantalla nos muestran una gran ciudad con rascacielos y otra de estilo oriental de un modo más arquetípico que realista. El cine consigue que ver El doctor Zhivago (David Lean, Estados Unidos, 1965) nos deje la sensación de haber viajado por Rusia, a pesar de que la película se rodara en España.

Otra de las funciones primigenias que cumplía el cine era la de ser ese lugar al que ir a meterse mano cuando todavía ni siquiera se podía ir a ver cómo actores hollywoodienses se daban el lote. Un dicho popular en el Madrid de comienzos del siglo XX era:

Cine Doré, entran dos y salen tres.

Y otro dicho popularizado por mi abuela es:

Fui al cine a ver Romeo y Julieta, y vi la mano que aprieta.

Esto no quita que haya y siga habiendo gente que va al cine sola, cosa que muchos interpretan como propia de personas con carencias afectivas y desórdenes emocionales en la antesala del suicidio. Bien, en ocasiones este diagnóstico puede ser certero. Hay personas —y personajes— que buscan esto, dejándose caer en cines acordes a su estado de ánimo:

Un piano tocaba una pieza monótona, con reminiscencias de Mendelsson. Craven ocupó su localidad, junto al pasillo, y al hacerlo percibió inmediatamente la soledad que le rodeaba. En la pantalla, una opulenta mujer vistiendo túnica, se retorcía las manos y se acercaba a un sofá con curiosos y bruscos movimientos. Se sentó en aquel y se quedó mirando al vacío, con expresión desesperada, a través de la maraña de su pelo negro y despeinado. […]
Craven empezó a mirar. Hileras de butacas vacías se extendían a ambos lados. No habría en el local ni veinte personas: unas cuantas parejas que musitaban algo, con las cabezas juntas y unos hombres solitarios como él, llevando el mismo impermeable barato.

Cuentos completos, Graham Greene
(Edhasa, Barcelona, 2011)

Pero, en la mayoría de los casos, son solo gente como usted y como yo —o eso oso a creer—, que consideran que el cine se disfruta más en soledad:

Cuando salí a la brillante luz del sol desde la oscuridad del cine tenía sólo dos cosas en la cabeza: Paul Newman y volver a casa. […] Me quedaba un buen trecho hasta casa e iba sin compañía, pero por lo general, suelo hacerlo solo, no por nada, sino porque las películas me gusta verlas sin que me molesten, para poder meterme en ellas y vivirlas con los actores. Cuando voy con alguien al cine me resulta un tanto incómodo, igual que cuando alguien lee un libro por encima de tu hombro. En eso soy diferente. […] Por un tiempo pensé que era la única persona del mundo que disfrutaba así. Así que me iba solo.

Rebeldes, Susan E. Hilton.
(Alfaguara,  Barcelona, 2002)

El cine, además, ha motivado auténticas peregrinaciones, pero aquí es obligatorio hacer un matiz: no todos los géneros cinematográficos ostentan tal meritorio título, solo el género erótico o, en su defecto, el pornográfico. En la década de los 60 y principios de los 70 Perpignan fue la Meca o plaza del Obradoiro de las películas subiditas de tono, cuando en España el único cine visible —que no el único producido— era el que le gustaba a José Manuel Parada.

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Maria Schneider y Marlon Brando en El último tango en París (Bernardo Bertolucci, Italia, 1972)

Ir al cine da mucho juego porque nunca sabes con quién vas a compartir sala. La cosa va más allá de si alguien ronca o tose en los momentos clave. Yo he vivido ataques de risa colectivos —viendo Tiempos Modernos, precisamente la noche en la que se empezó a gestar este blog —, he visto a un hombre desmayarse ante la indiferencia de su mujer —y eso no formaba parte de la película por mucho que esta se titulara Mientras duermes—, una taquillera me ha invitado por no llevar dinero en metálico… Pero no todo en esta vida es alegría, ya nos gustaría. También ha habido escritores que han muerto de un infarto mientras veían proyectada la adaptación cinematográfica de su novela.

Boris Vian

Boris Vian, por cortesía de Memes literarios

Con todo y con eso, “ir al cine” es una de las expresiones con más encanto del castellano, solo superada, quizá, por “salir a bailar”. Que no caiga en desuso.

Y si no os gusta lo que os he contado, escuchad a Mecano.

 

Alegato contra la tibieza

Conozco tus obras: que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!
Por eso, porque eres tibio, y no eres frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca.
(Apocalipsis 3: 15-16)

William Blake - Dante and Virgil at the gates of Hell

Cuenta Dante que al llegar al dintel de las puertas del infierno, nada más traspasar el umbral hacia su vestíbulo, comenzó a oír un violento tumulto de quejidos tan doloridos y airados que lo hicieron llorar. Cuenta que, cuando horrorizado le preguntó a Virgilio por la procedencia de tales lamentos, este le respondió que estaba escuchando a las almas de aquellos que vivieron “sanza infamia e sanza lodo” (Inferno III: 36), es decir, de quienes en vida no hicieron el mal ni el bien y, por ello, no merecen afrenta ni loa. Tienen estos vedado el ingreso celestial y son asimismo rechazados por el infierno: Dante, sin llegar al radicalismo rayano en lo barriobajero de la amenaza bíblica, está manifestando también su clara oposición a los tibios.

Considerar la tibieza un pecado es algo a lo que, en este mundo actual de corrección política y bienquedismo por defecto, no estamos en absoluto acostumbrados. Tememos ser tachados de radicales y, por ello, eludimos cualquier posicionamiento explícito, sobre todo si este supone inclinar demasiado uno de los platillos de la balanza. “Los extremos se tocan”, insisten —¿pero esos no son los extremeños de la película de Pajares?—  y parecen ignorar que “un mundo extremo exige posiciones extremas”.

No obstante, la negligencia —de la que sufren pusilánimes, indolentes y tibios, es decir, todos aquellos que no (nec) escogen (legō, legere)— era considerada por Santo Tomás de Aquino un pecado de omisión, que suponía no la transgresión de un mandato (como podría ser el “No matarás”), sino la omisión de un acto debido (por ejemplo: “Amarás al prójimo como a ti mismo”). Esta “desidia de la voluntad”, según señala en su Summa Theologiae, se opone a la prudencia, aquella virtud que Aristóteles juzgaba imprescindible para ser capaz de deliberar adecuadamente. Sí, el mismo Aristóteles que se esgrime como defensor supremo del “término medio” y, por ende, de los tibios. Solo malentendiendo la Ética a Nicómaco —o no habiéndola leído nunca— podremos equiparar la concepción aristotélica de la virtud con la tibieza: el filósofo dirá que la virtud es, ante todo, un hábito electivo, y que será la prudencia o phrónesis la que nos permita juzgar rectamente en cada caso y tomar la decisión que nos conduzca hacia el Bien y la felicidad, pues para llegar a estos no basta con abandonarse a la deriva, sino que hay que actuar, ya que

quizá no haya poca diferencia entre suponer que el Bien supremo consiste en su posesión o en su uso, y en un estado o en una actividad. […] Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), así también son los que actúan rectamente quienes pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida.

(Aristóteles, Ética a Nicómaco III, 8)

La toma de decisiones se convierte, pues, en una cuestión de trascendencia ética y como tal ha de ser juzgada. Sin embargo, la modernidad nos ha acostumbrado a situarnos más allá de la moralidad —no es casual que el iconoclasta Nietzsche titulara al texto de 1886 en el que renegaba de la jerarquía de valores heredada del judeocristianismo Más allá del bien y del mal— o, quizá acordando con Kierkegaard, más acá. En O lo uno o lo otro (1843), el pensador danés defiende que es la elección la que nos constituye como seres humanos y subraya la importancia de darse cuenta de que no todo tiene el mismo valor, marcando la distinción entre el hombre del estadio éticoque asume la responsabilidad derivada de su libertad electiva y se hace cargo de ella, y el hombre que todavía se encuentra en el estadio estético y no se compromete con sus decisiones, tomándolas desde una cierta indiferencia y malgastando así su vida. “Quien se pierde en su pasión pierde menos que quien pierde su pasión”, dirá el bueno de Søren.

Es sin duda tentador abandonarse al hedonismo y proclamarse esteta, eludir cualquier compromiso ético y ensalzar como modelos de conducta a los antihéroes existencialistas, quienes convirtieron la indiferencia en el único motor para sus absurdas vidas. Pero no debemos olvidar que el existencialismo, que no fortuitamente tiene a Kierkegaard como padre, se funda en la archiconocida sentencia sartriana de que “estamos condenados a ser libres”: renunciar a la heteronomía moral implica conquistar una autonomía que necesariamente ha de ir acompañada de una serie de responsabilidades. Y, entre ellas, se encuentra la necesidad de elegir, aunque lo que elijamos sea, precisamente, la indiferencia. Uno no se resigna al absurdo, sino que lo acepta y escoge —según defiende Camus en El mito de Sísifo—; a uno no le aplasta “la tierna indiferencia del mundo”, sino que se abre a ella, cual Meursault condenado a muerte. Incluso en el I would prefer not to de Bartleby, ejemplo por excelencia de la inacción, está puesto de relieve el verbo preferir. El ejercicio de la libertad —siempre que esté debidamente asumido y sea conforme a la propia voluntad— nos distancia de la tibieza; y hasta la negligencia, mirada desde esta óptica, reviste un componente ético. Escogemos no escoger y, paradójicamente, con ello estamos escogiendo, pues como señala Mario Levrero en su relato “Siukville”:

No esté tan seguro, Karl. Y, de todos modos, se necesita tanto valor para tomar una decisión como para no tomar ninguna. Recuérdelo, Karl: el tiempo pasa, y no tomar decisiones equivale a tomar la decisión más terrible.

Guadalquivir

Vulpes vulpes

 

Oh Guadalquivir!
te vi en Cazorla nacer;
hoy, en Sanlúcar morir.
Un borbollón de agua clara,
debajo de un pino verde,
eras tú, ¡qué bien sonabas!
Como yo, cerca del mar,
río de barro salobre,
¿sueñas con tu manantial?
Antonio Machado

A unas horas de la 28º edición de los Premios Goya, la gran cita del cine español, os presento a una candidata a la categoría de Mejor película documental: Guadalquivir, el primer largometraje de nuestra naturaleza estrenado en cines. Lo dirige Joaquín Gutiérrez Acha, heredero del legado de Félix Rodríguez de la Fuente, presentándonos el cauce del río como nexo de unión de tres de los más importantes espacios naturales de España, mostrando con detalle la flora y la fauna que encontramos en esos impresionantes parajes.

El viaje empieza en La Cañada de las Fuentes, donde tiene lugar el nacimiento del río gracias a los retazos de agua, manantiales y arroyos que vienen de las Sierras de Cazorla y Segura. El Río Grande crece viajando por las vaguadas de Sierra Morena hasta llegar a Doñana, considerada la mayor reserva ecológica de Europa, donde el río se va introduciendo en el laberinto de marismas y es retenido por las dunas antes de desembocar en el mar en Sanlúcar de Barrameda.

Las excepcionales imágenes que se suceden son narradas por la sugerente voz de Estrella Morente, que canta el tema principal de una maravillosa banda sonora, compuesta por Pablo Martín Caminero. La lírica y la música acompañan a los diferentes sonidos de la naturaleza, lo que hace que el documental sea una experiencia sensorial única.

Pero conseguir eso no ha sido tarea fácil. El rodaje ha llevado más de 24 meses y para él, se han utilizado diversas técnicas de lo más novedosas. El equipo, formado por cinco personas, ha utilizado el time-lapse, que acelera el movimiento, la filmación de alta velocidad en formato 4K que permite captar 1000 fotogramas por segundo; además de la utilización del sofisticado Cineflex, que consiste en acoplar una cámara en un helicóptero y tomar imágenes desde el cielo. Para ello, es necesario recurrir al método “hyde”, que consiste en mimetizar las cámaras con el entorno y así conseguir captar a los animales en su intimidad. En palabras de Gutiérrez Acha:

Son muchas las secuencias cuyo rodaje entraña dificultad. Cada especie ha de tratarse de una manera diferente. Debemos acostumbrarlos a comer en lugares determinados antes de que lleguen las cámaras, habituarlos a la presencia de escondites camuflados desde donde se van a filmar o esperar ese golpe de suerte que te brinda, en ocasiones, la naturaleza y que te permite conseguir un documento de valor incalculable

Grullas

A diferencia de otros documentales, esta película presenta un hilo conductor, el zorro, que nos acompaña en el viaje a través de la ribera del río desde Sierra Morena a Doñana. En los albores del Gran Río encontramos numerosas especies de aves como cigüeña negra, águila calzada, abejarucos, flamencos, garzas reales, espátulas, búho real y la gran joya de la corona, el águila imperial ibérica.  Además del zorro, vemos otros mamíferos como el ciervo, con espectaculares imágenes de la berrea, la cabra montés o el hispano lince ibérico, pero no dejamos olvidados peces, anfibios y reptiles con presencia de anguilas, ranas y camaleones. Toda esta fauna se ve enmarcada en diferentes ecosistemas de la península como son bosques de pinos, dehesas repletas de bellotas y la vegetación propia de las marismas de Doñana. Si queréis ampliar la información o hacer un recorrido interactivo por la ribera de este río, os recomiendo que pinchéis en la imagen e iréis directos a una experiencia inmersiva elaborada por el Laboratorio de RTVE.

Lamentablemente, ya no podemos ver Guadalquivir en las salas de cine. Pero si os ha picado la curiosidad aún tenéis una última oportunidad esta misma tarde a las 20.30 en la sala Azcona de la Cineteca por 3.5 €, aunque deberéis salir corriendo de la sala si no os queréis perder la gala de los Goya. Si está opción no os convence pronto estará en la plataforma Yomvi de Canal + y esperamos que no tarde mucho en salir en DVD para poder disfrutarla en nuestras salas de cine particulares. Y es necesario verla, porque a pesar de haber escrito todas estas líneas, la mejor forma de mostrar esta película es a través de sus imágenes. Por ello, os dejo con el tráiler deseando que los académicos de cine apuesten también por nuestro patrimonio natural.

De don a talento

Un talento, según la RAE, es “una persona inteligente o apta para determinada ocupación”. En realidad, el talento no es algo tan simple. Algunos autores lo definen como un atributo extremadamente complejo, genéticamente determinado y sujeto a las condiciones del medio ambiente. Pero, ¿está el talento realmente en los genes o está condicionado por el medio? En esta entrada intentaré desvelar el misterio del complejo mundo del talento.

Gagné, psicólogo especializado en la alta capacidad, dice que el talento es un recurso raro, en el sentido de que está presente en unos pocos individuos, y que no debe ser pasado por alto, ya que mantiene y hace que avance la sociedad. Aquellas personas con talento marcan la diferencia en diversos campos: el académico, el del lenguaje, las ciencias, las artes, los deportes, la tecnología o los negocios. Cabe destacar que el concepto de talento no debe ser asociado con el elitismo, ya que se puede desarrollar en casi cualquier área de la actividad humana, incluso en algunas ilegales, como puede ser el caso de los piratas informáticos.

El talento, en cierta medida, se puede comparar a lo conocido como “duende” cuando hablamos de flamenco, ya sea cante, toque o danza. Lorca, en su Teoría y juego del duende, convierte el talento en duende y nos pone algunos ejemplos:

Para buscar al duende no hay mapa ni ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles negros de betún; o que desnuda a Mosén Cinto Verdaguer con el frío de los Pirineos, o lleva a Jorge Manrique a esperar a la muerte en el páramo de Ocaña, o viste con un traje verde de saltimbanqui el cuerpo delicado de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto al conde Lautréamont en la madrugada del boulevard.

Para Lorca el duende o talento no era algo que se pudiera enseñar o adquirir con el tiempo, sino que es algo innato, que se encuentra en las entrañas de los artistas. Pues bien, veremos que no estaba del todo en lo cierto. El duende se traduce en don, que puede ser desarrollado en un talento. Para entenderlo mejor, veamos estas definiciones de Gagné:

Dotación: Posesión y uso de capacidades naturales destacadas, llamadas aptitudes, en al menos un área. Se refiere a una superioridad intelectual y otros aspectos de la personalidad, combinados en una magnitud suficiente como para diferenciar a los sujetos de la mayoría de sus iguales.

Talento: Dominio destacado de capacidades sistemáticamente desarrolladas, llamadas competencias (conocimientos y destrezas), en al menos un área de actividad humana. Suele aplicarse a la aptitud especializada en determinadas áreas de actividad en un campo específico, sin que necesariamente aparezca a una edad temprana.

Esto quiere decir que lo que se posee de forma innata es una dotación, la cual es requisito para que se pueda llegar a dar el talento, que se ejecuta y manifiesta en un ámbito, ya sea en las artes, las ciencias o el deporte. El desarrollo del talento consiste en la transformación de los dones en talentos. De esta manera las capacidades naturales actúan como materia prima del talento, por lo que se deduce que el talento necesariamente implica la presencia de aptitudes por encima de la media. Por tanto, uno no puede ser talentoso sin estar antes dotado de estas habilidades. Esta relación no se da en ambas direcciones, ya que una persona con alta capacidad puede que no llegue a transformar nunca sus dones en talento.

En el proceso de desarrollo del talento las habilidades naturales van emergiendo progresivamente hasta convertirse en destrezas bien entrenadas y sistemáticamente desarrolladas. Así, este proceso comienza tan pronto como un individuo de cualquier edad empieza el aprendizaje y practica las aptitudes propias de un campo, y en él, como si se tratara de una reacción química, influyen dos tipos de catalizadores:

  • Intrapersonales: Divididos en factores físicos y psicológicos, todos ellos parcialmente influidos por la herencia genética. Aquí se incluyen aspectos tan básicos como la propia personalidad (temperamento, autoestima, etc), la capacidad de autogestión y la fuerza de voluntad o motivación. También entran en juego características físicas tales como la salud, la capacidad de cognición o la coordinación. Todos estos factores juegan papeles cruciales ya que pueden estimular, guiar o bloquear todo el proceso de adquisición del talento.
  • Ambientales: Pueden ser a nivel macroscópico, si hablamos del lugar donde se vive o el momento histórico o social en el que se encuentra o a un nivel microscópico que se refiere al tamaño de la familia, tipo de educación o nivel socioeconómico. El entorno social y familiar puede potenciar o dificultar el desarrollo del sujeto talentoso y la educación, tanto dentro como fuera de la escuela juega un papel crucial para estimular o dificultar el desarrollo del talento.

Un último factor que influye en los catalizadores y las habilidades naturales es el azar, principalmente actuando a través de la recombinación de genes paternos o la situación social en la que la persona vive.

Simplificación del desarrollo del talento

Una vez conocidos los entresijos de la gran virtud que es el talento, podemos ver con otros ojos a las personas talentosas. Sabemos que, aunque poseen habilidades naturales excepcionales gracias a la fortuna de poseer fantásticos genes, nada hubieran conseguido sin potenciar y desarrollar su naturaleza, sin el gran trabajo y dedicación que supone jugar con el azar apostando todo a una carta.  Pero, gracias a ello, el resto de los mortales podemos disfrutar de las grandes melodías de Bach, de las bellas pinturas de Van Gogh, del duende de Carmen Amaya y, por qué no, de la teoría de la relatividad de Einstein.

“L’artiste n’est rien sans le don, mais le don n’est rien sans travail”
Émile Zola.

Ir al cine, esa expresión (Vol. I)

cine callao

“… y yo no puedo querer de veras a nadie que en algún momento del día o de la noche no se enloquezca de alegría porque en el cine de la esquina dan una de Buster Keaton, algo así.”

El libro de Manuel, Julio Cortázar
(Alfaguara, 1998)

Cada vez hay más tiendas de ropa y menos cines y teatros. Como todos hemos oído, o incluso dicho, la gente va poco al cine porque es caro. Sin embargo, que haya alternativas que todos conocemos, y de las que muy pocos están libres de pecado, demuestra que no se han dejado de ver películas. Si se tiene en cuenta que a una entrada de cine se le aplica el 21% de IVA, hay un primer obstáculo para que el cine sea asequible. Sin embargo, muchas cines de estreno están lanzando varias ofertas especiales para abaratar el precio de la entrada. Además, en Madrid hay varias salas en las que se pueden ver películas por poco dinero o incluso gratis (Cine Doré, Sala Berlanga, Academia del Cine, etc.). Ir al cine nunca tiene que ser un lujo.

Dejando a un lado los siempre turbios datos económicos, hay más razones por las que ir al cine. Ver una película en una sala de cine es verla en un lugar que ha sido creado especial y exclusivamente para ese fin. Cierto es que a raíz de la difusión de la televisión, hay muchas películas que, al margen de que esto coincida con la intención del director o no, podemos verlas en pantalla pequeña y no perdernos nada. Esto no quita que las películas, por norma general, estén pensadas para verse en una pantalla de cine. ¿En dónde nos van a impresionar más ciertas escenas, como pueden ser las panorámicas en plano secuencia de Paisaje en la niebla (Theo Angelopoulos, Grecia, 1988), los primeros minutos de Persona (Ingmar Bergman, Suecia, 1966) o la escena del bautizo de El padrino (Francis Ford Coppola, Estados Unidos, 1972), que en una pantalla gigante situada en un espacio asimismo grande? Hay que dar gracias a George Méliès porque existan cines donde echen películas que tienen ya unos añitos, y no solo porque sean los más baratos.

Pero ir al cine no es sólo una cuestión de espacio, también lo es de tiempo. Ir al cine es aceptar voluntariamente un secuestro, es estar encerrado unas pocas horas sin poder hacer otra cosa más que ver la película. Mientras estamos en el cine, se suspende el tiempo cronológico, de reloj y calendario, y rige el tiempo que marcan el propio tiempo y el ritmo de la película. En el cine no existe la opción de darle al pause si entra hambre o si se tienen ganas de hacer pis.

Ir al cine es, en palabras de Fernando Fernán Gómez:

Cuando amábamos el cine, cuando no simplemente “nos gustaba”, sino que estábamos enamorados de él, el cine no se limitaba a la película, como hoy podemos verla en el televisor, sino que empezaba en la mañana del domingo, al recorrer en pandilla los cuatro o cinco cines del barrio para elegir la película. Luego, después de comer, se iba en grupo desde la calle hasta el cine […]. Y luego, sí, la película con las aburridas escenas de amor, las trepidantes persecuciones, la llegada de los buenos coreada con gritos y aplausos; y la vuelta a casa, ya entre dos luces, explicando los más listos a los más torpes lo que éstos no habían entendido de la intriga. […] Los chicos del barrio sabíamos que aquellos sueños de papel de plata que desfilaban por la pantalla se convertirían en realidad para nosotros el día de mañana, que aquella era la vida que nos aguardaba.
Más adelante, el cine, los locales de cine, fueron nuestro jardín de Verona. En su oscuridad fuimos Romeos y Julietas en los tiempos nefastos en que el amor, como casi todo, estaba perseguido.

“Amor al cine”, Desde la última fila.
(Espasa-Calpe, 1995)

Me despido haciendo un Lars von Trier: el artículo sería una “versión (demasiado) extendida” como para publicarlo de una vez, así que, próximamente en Tiempostmodernos podréis leer Ir al cine, esa expresión (Vol. II).